Jonathan Gavalas era un señor de 36 años de Miami en medio de un divorcio difícil. Su mujer le había denunciado por violencia de género y estaban en una situación complicada a la espera de juicio. Se suicidó pero parece que no por eso. Su padre ha presentado una denuncia contra Google. En las últimas semanas de su vida, Gavalas habló de forma obsesiva con la última versión de la inteligencia artificial de la tecnológica, Gemini. A partir de esas charlas, intentó asaltar un camión del gobierno para intentar liberar la conciencia del programa, hablaba con él como si fuera su pareja y, según la denuncia su padre, la IA le animó a quitarse la vida para unirse a ella en una especie de paraíso. Entró en una realidad paralela en la que amaba a la aplicación y sus conversaciones. Los expertos cuestionan el entrenamiento de esa versión de Gemini y el hecho de que recuerde todas las conversaciones mantenidas, lo que deriva en una mayor sensación de familiaridad para el usuario. Google defiende que su creación sí que avisó e intentó que el humano viera la realidad. Sin embargo, la otra pata del asunto es la dificultad cada vez mayor de anclarse a la realidad en medio de lo digital. No hay tanta diferencia entre Gavalas y las víctimas del crimen de Morata de Tajuña que fueron estafadas por falsos novios militares, no intervino una IA pero sí que conversaciones por un teclado y una pantalla fueron suficientes para saltar filtros de personas solas y en una situación complicada. Los frenos a las tecnológicas no llegan ni se atisban, tampoco parece que surjan medidas suficientes para evitar esas disociaciones. De momento son unos pocos casos. Crecerán sin remedio y ya asentados en ese plano como estamos, lo único sensato debiera ser instalarse en la duda continua: asumir que nadie está a salvo de confundirse.