Hincarse de hinojos en una antigua expresión, ya prácticamente en desuso, que significa arrodillarse con humildad, devoción o reverencia, mayormente ante una deidad. Esa actitud genuflexa la estamos viendo mucho últimamente, aunque carente de su sentido espiritual, más bien como reflejo de una sumisión indecorosa, ciega y servil ante alguien muy alejado de lo divino, aunque él pueda creer lo contrario. Me refiero a Donald Trump, por supuesto. Con eso del no a la guerra con el que ha salido Sánchez, tenemos a nuestras derechas que no paran de gorgoritear. No les importa el genocidio palestino –del que Trump es tan responsable como Netanyahu–, que amenace a sus aliados europeos con comerse con patatas parte del territorio de la Unión Europea, que secuestre al presidente de una nación soberana o que utilice de forma tan burda la misma excusa que usaron para invadir Irak y que está provocando el incendio de todo Oriente Medio. No, se enfadan por la osadía de un gobierno que no rinde pleitesía ni sigue el dictado de un orate que ha cogido el hábito de amenazar a nuestro propio país cada vez que se le lleva la contraria. Con semejante mochila a cuestas, cargada además de cuantas piedras podamos recordar, que son multitud, ¿se imagina usted, lector, lo que nos caerá encima si estos mediocres discípulos e imitadores de Trump, verbi gratia los del PP y Vox, llegaran a ganar las próximas elecciones generales? Los estropicios que están causando en las comunidades en las que gobiernan se quedarían cortos.