Celebramos otro año más el 8 de marzo con las clásicas consignas, pins y eslóganes de manual de márketing sin incidir en lo nuclear: nos matan, violan, desprecian, ningunean, anulan. Porque la cultura dominante todavía es profunda y aterradoramente patriarcal y eso no va a cambiar a la velocidad que nos gustaría, se necesitarán décadas, seguramente siglos. Quizá no lo haga nunca. Porque buena parte de la juventud viene fascinada por un pasado imaginario en el que las mujeres eran felices madres y amas de casa que atendían con auténtica devoción a sus maridos y criaban una familia idílica y numerosa. Algo que jamás ha existido, pero que, así como están las cosas, no es raro que se llegue a idealizar. La sociedad que hemos creado exige a las mujeres más del doble que a los hombres que, en líneas generales, se han convertido en poco más que un estorbo. Machos de gimnasio preocupados por sus tatuajes, bíceps, depilaciones, hormonas, suplementos alimenticios, aferrados a ideologías mononeuronales que proclaman amor a la patria, la testosterona, el racismo, el estoicismo, los toros y el fútbol. Ah, y las criptomonedas como vía rápida para hacerse millonario. Cuando todos estos acudan a las urnas nos podemos preparar. Las chicas, casi lo mismo: obligadas a exhibir una melena perfecta, siempre maquilladas, enjoyadas, con uñas como garfios, depiladas, delgadas pero en forma, vestidas a la moda, mejor calladitas y que piensen lo justo para no incomodar. Ambos, sometidos a salarios de miseria, a menudo con ganas de escaqueo, e intentando conformar una mínima estructura vital para salir adelante: piso compartido, patinete, perro o gato en vez de niños. ¿8 de marzo? ¡Esto es todos los días!