Me gustan los viajes de los demás y si escriben un buen libro, lo disfruto. Stevenson, Rebecca West, Richard Burton, Bougainville. El chino anónimo de Viaje al Oeste. Me gusta la literatura de viajes, pero no los viajes. Y menos el célebre viaje interior en busca de uno mismo, que suele ir incluido. Ni loco partiría yo para encontrarme conmigo tras muchas penalidades. Que lo haga otro, por favor. Hay cosas interesantes que prefiero leer, pero no hacer, y una de ellas, actualmente muy prestigiosa, es viajar al extranjero, siendo así que todo el mundo es extranjero. Que si ensancha el horizonte y las ideas, que si se aprende mucho, que si la cultura del viaje, que si los placeres del nomadismo. No me digan. Ya sé que en la actualidad hay que estar muy viajado, con el pasaporte lleno de sellos y el móvil abarrotado de paisajes exóticos y monumentos simbólicos, pero no me hace ninguna ilusión. De jovencito, obligado por los curas y los compañeros, hice un viaje escolar a Suiza y Alemania. No me gustó nada, aquello se parecía demasiado a Europa. Horas y horas en autobús viendo pasar por la ventanilla a Europa propiamente dicha. Ya de mayor sólo hice dos viajes más, a Lisboa y a París y desde luego mi objetivo no era viajar. Debía ser otra cosa, que desde luego no escribiré. No tengo por qué decirlo todo. Ya lo hacen los demás y por eso soy aficionado a los libros de viajes. De niño recuerdo que esas lecturas de aventureros, exploradores y navegantes eran una actividad diaria, me entretenían en la cama estuviese sano o enfermo y seguramente influido por ellas me propuse viajar a una isla remota sin órdenes de extradición. Esto último lo debí sacar de Conrad, legendario viajero que incluso cambió de idioma o puede que de Jack London o Stephen Crane, que tampoco podían estarse quietos. Pero el caso es que ya lo hice, más o menos, y hace medio siglo que estoy en esta isla. Y aquí se acabó lo de viajar. Fin de trayecto, ni siquiera los viajes interestelares me tientan, aunque los he leído. Tampoco los viajes en el tiempo, tan melancólicos. Cuanto antes distinga uno que no es lo mismo leerlo que hacerlo, que son placeres diferentes, mejor le irá en esta vida.