No suena nada. No hay pitido. No hay aviso. En un campo minado, la primera señal suele ser la peor: el instante en que entiendes que has avanzado demasiado. En Sirat todo cambia en segundos: un paso, una duda, demasiado ruido. Fuera de la pantalla, ese ruido existe de verdad. Y entonces casi todo depende de lo mismo: de lo que hagas —o de lo que no hagas— en los siguientes instantes.