Desobedecer

La memoria hace trampas, pero todos sabemos dónde estábamos en determinadas fechas. ¿Será por la emoción que acompaña a esos momentos o por la capacidad de reconocer su importancia histórica? Recuerdo dónde estaba el 23 de febrero de 1981, el 11 de septiembre de 2001 y el 11 de marzo de 2014. Y evoco con mayor nitidez estas fechas que otras de hechos felices. Son recuerdos llenos de miedo y de rabia. Al rememorarlos, la primera impresión que viene a mi mente es el espanto que sentí entonces y el pánico que pensé que experimentaban los que eran víctimas de esa violencia, por encima de otras consideraciones más racionales, más centradas en su significado para la sociedad y para la historia. Supongo que cuando el miedo nos invade no deja sitio a otros procesos mentales más analíticos, menos viscerales, solo nos prepara para huir o, si es demasiado intenso, nos paraliza. Que ocurra en el pico del trauma es lógico, pero si después de años lo único que se rememora es esa emoción, quizá no lo sea tanto. Cuando daba vueltas al papel de las emociones en la evocación del pasado, vino en mi ayuda el artículo La confusión entre pensamientos y sentimientos, escrito por el psicólogo Fernando Cembranos (El País, 27 de febrero de 2026).