A través de la historia, o quizás desde el principio de ella, hay verdades que por su evidencia no precisan demostración. A ellas se acaba de añadir Trump, que ha acumulado tantos datos que su maldad es un axioma, no precisa discusión, no es necesario demostrar su torcida naturaleza humana, su iniquidad y otros adjetivos de peor calibre que permiten, de rebote, suponer que sus seguidores o bien están en franco deterioro moral como él, o bien les falta información o si le siguen es por puro interés económico o de lacayos. Yo dudo de muchas cosas pero hay una que me ha dado la certeza de estar en el buen camino, de no haber pervertido mis principios: no coincidir con nada de lo que dice ese farsante, de modo que si alguna vez ocurriera me sobrevendría una crisis de valores en conceptos básicos como la soberanía de los pueblos, los derechos humanos y mil derechos más por él conculcados.