Ojo con los vicepresidentes

En una democracia tan endeble como la nuestra, cualquiera puede convertirse en presidente. Un congresista que obtuvo una curul de chiripazo puede saltar de un relativo anonimato al sillón presidencial. Una desconocida funcionaria registral puede, años después, pasar a la historia como la primera mujer en colocarse la banda. O un parlamentario más notorio por las barbaridades que defiende que por su producción legislativa puede terminar siendo la máxima autoridad de la nación.