Avanza la cuaresma en la liturgia de la Iglesia, y en este tercer domingo -Día Internacional de la Mujer, un día que nos recuerda la lucha histórica de las mujeres por sus derechos laborales, políticos y sociales-, el Evangelio nos ofrece la silueta de una mujer samaritana anónima que iba a sacar agua al pozo de Jacob y volver después al pueblo. Iba pensando en su casa, en sus quehaceres, en cómo atender a sus necesidades. Tenía sus pasos más o menos calculados, el ir y el volver previstos. Y de pronto, se ve sorprendida por aquella petición y aquel interlocutor que le dice: «Dame de beber». Por mucho que nos desconcierte, Jesús nos dirige esas mismas palabras, en el brocal del pozo que representa este momento de nuestras vidas: «Dame lo que traes contigo. Abre tu corazón. Dame lo que eres». Más que ganas de beber, Jesús está deseoso de encontrar un alma endurecida. Necesita encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que ella tenía. A la mujer le impresiona el encuentro con Jesús, que le hace preguntas acerca de los interrogantes profundos que nos asaltan a todos, pero que a menudo acallamos. «Nosotros tambien tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigírselas a Jesús!», comentaba el papa Francisco. Las personas somos un misterio. Por mucho que pasemos tiempo unos con otros, vamos desvelando quien es el otro a medida que este nos lo muestra. No a todos les hacemos partícipes de nuestras verdades más profundas y, además, hay un núcleo que resulta desconocido incluso para nosotros mismos.