El poder y los hombres

Existe una creencia popular, casi un consuelo colectivo, que sostiene que el poder corrompe a quienes lo ejercen. Es una idea tranquilizadora porque desplaza la responsabilidad: el cargo sería el culpable, no la persona. Pero la realidad es más incómoda. El poder no transforma a los hombres; simplemente los revela. Quita la máscara de la cortesía social, elimina los frenos que impone la convivencia y deja al descubierto lo que siempre estuvo ahí. Y cuando nadie los para, esos poderosos que se creen intocables arrasan con todo. Lo estamos viendo en Estados Unidos. Lo que antaño fue proclamado como cuna de la libertad, ese faro democrático que el mundo miraba con admiración y, a veces, con recelo, está gobernado hoy por un hombre cuya hambre de poder no conoce límites ni escrúpulos. Un hombre que no va a detenerse por nada ni por nadie, que instrumentaliza instituciones, desafía consensos y arrastra al mundo hacia un estado de tensión permanente. Cada decisión suya es un nuevo frente de conflicto, una nueva fisura en un orden internacional ya de por sí frágil. Las guerras, en este contexto, merecen una reflexión aparte. Son quizás el fenómeno social más perturbador que existe: miles, a veces millones de personas mueren, sufren y lo pierden todo para seguir el designio de uno solo. Una voluntad, una ambición, un ego desmedido, y el mundo entero paga las consecuencias. La guerra no es un fenómeno colectivo en su origen; es la proyección violenta de una mente individual que ha conseguido someter a su causa a todo un aparato estatal, mediático y militar. Por eso, me atrevo a plantear una pregunta incómoda: ¿habría tantos conflictos bélicos si los grandes dirigentes de los partidos políticos tuvieran que combatir en las guerras que declaran? Probablemente no. La distancia entre quienes ordenan morir y quienes mueren es la que hace posible la guerra moderna. Desde un despacho, las bajas son estadísticas. Desde una trinchera, son el amigo que tenías al lado. Martin Heidegger, figura central del existencialismo, describió con precisión este mecanismo en su análisis de la técnica moderna: los seres humanos tendemos a instrumentalizar a los otros, a mirarlos no como fines en sí mismos, sino en función de si nos sirven para nuestros objetivos. Esta lógica, llevada a la política, produce monstruos. El otro deja de ser una vida; se convierte en un recurso, en un peón, en un daño colateral aceptable. Y cuando el poderoso ha normalizado esa mirada, no hay guerra que le parezca injustificada ni sacrificio ajeno que le resulte excesivo.