El cerebro humano constituye una anomalía energética en la historia evolutiva. Representa aproximadamente el dos por ciento del peso corporal, pero consume cerca del veinte por ciento del metabolismo basal incluso en reposo, reflejo de una demanda metabólica extraordinaria en comparación con otros órganos (Clarke &Sokoloff, 1999). Ese gasto —unos veinte vatios continuos, equivalentes a aproximadamente 480 kcal diarias— no es un lujo accidental, sino la condición metabólica que posibilita su autoconstitución como sistema dinámicamente estable. La complejidad cognitiva, la creatividad y la conciencia reflexiva no son epifenómenos gratuitos: son manifestaciones de una organización cuyo precio evolutivo se paga en energía.