Carmen Vargas: «Espero que dentro de unos años deje de ser noticia que una mujer ocupe este cargo»

Desde el pasado noviembre el rectorado de la Universidad de Sevilla lo dirige una mujer: Carmen Vargas. Se trata de la primera vez en los más de 500 años de historia de la institución que un hombre no es la máxima autoridad. Un camino que para Vargas empezó en 1981 cuando entró como estudiante en el mismo centro que ahora, cuatro décadas después, dirige. Tras acabar sus estudios de Farmacia siguió como docente investigadora y gestora, asumiendo responsabilidades con el paso de los años. «He llegado hasta aquí con constancia y con una trayectoria muy exigente como tantas otras mujeres, y precisamente por eso espero que, dentro de unos años, deje de ser noticia que una mujer ocupe este cargo», declara la catedrática de Microbiología a este periódico. Para ella, ser rectora de la institución tiene un doble significado. En primer lugar, el gran honor y responsabilidad que vienen con el cargo y por otro, reconoce que lo ve como un hecho que «invita a reflexionar sobre cuánto tiempo ha tenido que pasar » para que ver a una mujer dirigiendo la Hispalense. La rectora no piensa que haya tenido más exigencias para llegar a serlo, ya que se trata de una institución pública que debe garantizar la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres. Sin embargo, reconoce que sería «poco realista» afirmar que le ha costado lo mismo ascender hasta ese puesto que a sus compañeros. En ese sentido, explica que no se trata de que haya una «norma» que ponga más trabas a las mujeres sino que la experiencia real de las trayectorias profesionales es distinta. «Siguen operando inercias, expectativas y condicionantes que pesan de manera desigual», apunta Vargas. Pese a haber avanzado en corresponsabilidad, a su juicio, las mujeres continúan asumiendo en mayor medida las responsabilidades familiares algo que tiene un impacto directo en el tiempo disponible para dedicar a sus carreras. Esto, invetibalemente, hace que haya habido menos candidatas femeninas. No por falta de voluntad, sino por un contexto estructural. Todo ello sumado a que la falta de referentes «pesa mucho». Se muestra orgullosa de los avances que se están dando en la US donde en quince años se ha pasado de un 13% a un 27% de catedráticas; el liderazgo de mujeres en grupos de investigación continúa creciendo y la presencia de hombres y mujeres en el profesorado es paritaria. «Mi elección como rectora tiene un valor simbólico importante, transmite un mensaje muy poderoso a muchas niñas, jóvenes y profesionales», reconoce la docente. Aún así, no considera que un nombramiento resuelva por sí solo la brecha ciudadana. «Todavía necesitamos más mujeres en cátedras, en direcciones de departamento, en decanatos y en otros espacios de liderazgo académico», apunta, ya que a su parecer, es en los puestos más altos de responsabilidad donde aparacen las desigualdades. La rectora mantiene que se necesita compromiso institucional, políticas públicas sostenidas en el tiempo y también un cambio cultural. «El objetivo no es mantener una reivindicación permanente, sino lograr que deje de hacer falta », añade.