Primera carrera, primer abandono de Alonso

El pronóstico tétrico que se anunciaba para Fernando Alonso en esta temporada de enormes cambios en la Fórmula 1 se confirmó en Melbourne. Primera carrera de la temporada, primer abandono del español por problemas en el motor Honda del Aston Martin . Mala madrugada también para Carlos Sainz, penúltimo. Ganó George Russell en una demostración de poder de Mercedes, con Antonelli segundo. Salvo la salida sideral de Ferrari, hay mucha ventaja de los alemanes en una nueva Fórmula 1 que depara emoción ficticia, con las baterías, las cargas de energía y los megajulios. Un nuevo lenguaje y método de competición que al aficionado le cuesta entender y que enreda aún más un deporte ya de por sí complejo y dominado por los ingenieros y las fábricas, no por los pilotos. Pareció todo artificial. El Aston Martin, su motor japonés que vibra como un flan y compromete su futuro, duró catorce vueltas de un tirón en Australia. Nadie esperaba que Alonso pudiese acabar la carrera y hubo dudas incluso sobre su participación. La resolución de la incógnita fue un ni para ti ni para mí, en la vuelta 14 cuando rodaba en la posición decimoséptima de 19 coches, Alonso se metió en el garaje. Fue como un test, no una carrera. Salió casi quince minutos después a pista para retirarse definitivamente en la vuelta 37 junto a su compañero Lance Stroll. Mientras el resto de coches competían y apuraban sus estrategias, Aston Martin se lo tomó como una continuación de los ensayos de pretemporada. Rodar para entender. El coche británico no está para acabar carreras. El motor Honda es hoy ruinoso después de meses de expectativas por el fichaje de Adrian Newey, el ingeniero estrella que ni siquiera parece capaz de resolver este desastre. Había realizado Alonso una salida sorprendente y magnífica con el neumático rojo (el más rápido y blando). Se colocó décimo desde la plaza 17, siete casillas de avance que le sirvieron como consuelo temporal de lo que pudo ser: aquella frase que pronunció la temporada sobre su expectativa para este gran premio en Australia cuando Aston Martin acababa de fichar a Adrian Newey. «Ganar en Australia». Eso es lo que quería. Un sueño que queda muy lejos. El seguimiento de la nueva era en la Fórmula 1 con su vertiente eléctrica tratando de reproducir la normalidad de los vehículos de calle fue demasiado complicada. Venía este deporte de la era del DRS, una cuestión sencilla. El piloto tenía velocidad extra con el alerón abierto si estaba a menos de un segundo del rival al que quería adelantar. En la F1 recién estrenada todo es un lío. El aficionado no se entera con el nuevo reparto de la energía como fuente estrella. «Ni siquiera los pilotos sabemos cuándo te vas a quedar sin energía», admitía Leclerc, tercero en Melbourne. Cierto que hay más batallas en pista y más adelantamientos porque, sobre todo al principio, las cargas de batería van y vienen y provocan una lucha ficticia, en la que intenta prevalecer el espectáculo según es el gusto de los empresarios estadounidenses que gobierna este deporte. Pero en realidad es una competición dominada por los ingenieros, que le dicen al piloto lo que tiene que hacer, las reservas de energía, los megajulios que le quedan, el porcentaje que recarga en las frenadas. Frente a la pasión por conducir de los pilotos, los ingenieros carecen de alma deportiva. Y los pilotos parecen ahora gestores de señales más que deportistas. Si los pilotos no han captado todavía el sentido de las cargas de electricidad, no es difícil imaginar lo que percibirán los aficionados, que en su mayoría solo quieren disfrutar de carreras y deportistas que se lanzan a toda velocidad a luchar por la victoria, no a calcular el porcentaje de energía. Todo sonó artificial e impostado. A Mercedes le encantará esta nueva normativa porque comienza ganando en una situación que se parece en cierta manera a lo que sucedió en 2014, cuando se inauguró la era híbrida y el fabricante alemán inauguró un gobierno absoluto con Lewis Hamilton y seis títulos del mundo. Russell, que nunca ha sido una estrella, lo hizo todo bien en Melbourne y parece haber estrenado otra era. Antonelli, en su segundo año en la F1, le acompañó en el podio. La única dificultad que tuvo Mercedes para desbrozar su victoria fue la imponente salida de los dos Ferrari, Leclerc y Hamilton, que se colocaron primero y tercero. Unos cuantos minutos de emoción ficticia entre Leclerc y Russell, con adelantamientos que asemejaban lucha encarnizada cuando todo era tecnología y electricidad, dejaron paso a la realidad de la superioridad de Mercedes. Ferrari fue el segundo equipo, de vuelta Hamilton a la pelea por los puestos de honor. Durante el tiempo que duró el efecto de la salida sideral, los coches rojos estuvieron en cartel. Luego Mercedes tomó el mando. La última pantalla de la parrilla fue para Carlos Sainz, que terminó la carrera muy lejos de las expectativas que había generado el Williams provisto de un motor Mercedes. Penúltimo. Se viene un año realmente complejo para los españoles porque Aston Martin no tiene recambios para las baterías y su unidad de potencia de Honda es una bomba de relojería que impide la progresión. Y Williams con el sobrepeso de su coche no tiene velocidad a pesar de contar con el motor que va a dominar la temporada.