España puede afirmar con legitimidad que cuenta con una de las legislaciones más avanzadas del mundo en materia de igualdad. Desde el impulso reformista de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero - con la Ley contra la Violencia de Género (2004) y la Ley de Igualdad (2007) - hasta los recientes avances en representación paritaria, nuestro país ha situado los derechos de las mujeres en el corazón del proyecto democrático. Ese recorrido no fue casual. Se sostiene sobre una genealogía cívica que comenzó cuando Clara Campoamor defendió el sufragio frente a la incomprensión de su tiempo; cuando Victoria Kent impulsó una modernización institucional valiente; y cuando María de Maeztu entendió que la emancipación real solo germina desde la educación. España no improvisó su feminismo: lo construyó. Sin embargo, este 8M debe ser, ante todo, un examen de coherencia. Tenemos leyes de vanguardia, pero seguimos llegando tarde a la prevención. La igualdad no fracasa en el BOE; se debilita cuando la cultura cotidiana no acompaña a las normas. Esa cultura se fragua en el imaginario de nuestros jóvenes mucho antes de que intervenga un juez. La realidad es tan incómoda como urgente: el acceso temprano a la pornografía está sustituyendo a la educación afectiva y convirtiéndose en un problema de salud pública que construye deseos basados en el dominio y no en el disfrute compartido. No se trata solo de un acceso temprano a contenidos explícitos, sino de la colonización del imaginario: la pornografía industrial está codificando el deseo de nuestros jóvenes bajo un patrón de sumisión, donde el placer se construye sobre la deshumanización de la mujer. Educar en igualdad hoy pasa, inevitablemente, por romper esa narrativa que convierte el encuentro sexual en una jerarquía de dominio. Si no ofrecemos una alternativa basada en la ética del cuidado y la reciprocidad, permitiremos que el mercado más feroz dicte los códigos afectivos de nuestra democracia. Esta falta de pedagogía a la altura del reto nos obliga a mirar casos como el de Gisèle Pelicot, recientemente condecorada en España, que ha vuelto a situar el consentimiento en el centro del debate global. Su valentía nos lanza una pregunta colectiva: ¿qué estamos haciendo para que las nuevas generaciones interioricen que el cuerpo de la mujer no es un territorio a conquistar? Esa cultura de la violación que Pelicot ha denunciado en el corazón de Europa es la misma estructura de control que el régimen de Teherán pretende perpetuar mediante la represión. Por eso, nuestra exigencia de coherencia trasciende hoy lo doméstico para situarse en el tablero internacional. En un contexto convulso, el Gobierno de Pedro Sánchez ha situado la política exterior feminista como un eje de Estado. Mientras las mujeres iraníes resisten la opresión, España lidera en los foros internacionales la denuncia contra la vulneración de sus derechos. Esta posición se hace hoy más visible que nunca: frente a la política de confrontación, España ha recuperado con firmeza el "No a la guerra". Entendemos que la paz es una condición sine qua...