Una antigua teoría médica, vigente durante más de 2.000 años, vuelve a ganar relevancia en el enfoque actual de la salud. Originada en la antigua Grecia, esta doctrina sostenía que el bienestar humano dependía del equilibrio de cuatro fluidos o humores: sangre, bilis, flema y bilis negra. Según esta visión, la enfermedad no era más que el resultado de un desequilibrio interno entre estos componentes. Como explica en COPE la experta en medicina natural, Carlota Olaizola, la principal diferencia con la medicina convencional, que tiende a separar el cuerpo en zonas, es su enfoque holístico. La teoría de los humores consideraba que la enfermedad es un "desajuste de todo el organismo" y no un hecho aislado. Por ello, resultaba fundamental valorar a la persona de manera individual y tener en cuenta su entorno, un principio que hoy recuperan la medicina integrativa y la medicina funcional. Esta antigua corriente de pensamiento también relacionaba los humores con la personalidad, explica Olaizola, estableciendo cuatro temperamentos dominantes: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico. Esta clasificación partía de la base de que cada persona tiene una tendencia innata que la define. La implicación directa es que no todo el mundo enferma de la misma manera, ya que "un flemático no va a enfermar igual que un colérico". Este concepto subraya que "el terreno del individuo importa muchísimo" y, por tanto, una misma agresión externa, como el frío, actuará de forma diferente en cada persona, sostiene la experta. De aquí surge la necesidad de una medicina personalizada y enfocada en el paciente, una idea que la medicina natural actual tiene muy en cuenta, cambiando la mirada tradicional hacia una más particular. Para corregir los desequilibrios, los métodos se basaban en la lógica de los opuestos. Un exceso de calor se trataba enfriando, como demuestran los baños en agua que se va enfriando progresivamente para bajar la fiebre. Por el contrario, ante el frío en las extremidades, se aplicaba calor con remedios tan sencillos como una bolsa de agua caliente. Asimismo, los problemas derivados de la humedad, como ciertas dolencias osteoarticulares, se aliviaban buscando ambientes secos, lo que explica la tradicional recomendación de "cambiar de aires". Si el problema era la sequedad, la solución pasaba por hidratar y humidificar el ambiente, por ejemplo, con el uso de un humidificador. Las enseñanzas de esta teoría siguen vigentes y apuntan a que la prevención es muy importante, entendida no como un diagnóstico precoz, sino como las acciones para evitar la enfermedad. La lección principal -afirma Olaizola- es la necesidad de vernos "como un todo", donde factores como el entorno o un susto pueden bajar las defensas y hacernos más vulnerables a las patologías.