Cuerpo, memoria y derechos en ARCO bajo el paraguas del 8-M

Visité ARCO acompañada de un amigo y, al llegar a la sección 'El futuro, por ahora', le dije que no entendía la repetición de la temática cuando hace no tantos años —en 2018— Chus Martínez, Rosa Lleó y Elise Lammer comisariaron un espacio dedicado al futuro, difícil de olvidar por aquel diseño verde galáctico de Andrés Jaque. Él me respondió que preferían mirar al futuro antes que al desastroso presente. Y tiene sentido: frente a guerras, prohibiciones o crisis ecológicas, resulta más fácil poner el foco en un porvenir esperanzador. Esa mirada evasiva se repite en parte de la producción artística de la feria, que busca refugio en lo formal o lo material. No lo juzgo: ARCO es un mercado y compramos lo bonito. Sin embargo, rescato algunas de las propuestas más incómodas y políticas; además, en clave femenina, porque el 40 % de artistas sigue sin ser paridad real. Las mujeres nos llevamos la peor parte de las violencias, sobre todo en países como Afganistán, lugar de nacimiento de la artista exiliada Kubra Khademi (Eric Mouchet) que trabaja sobre los derechos de las mujeres bajo el régimen talibán y ha presentado uno de los 'solo projects' más contundentes de la feria. 'Pan, trabajo y libertad' recoge enormes gouaches sobre papel en los que retrata a líderes políticas internacionales desnudas —entre ellas Angela Merkel, Kamala Harris o Hillary Clinton—a las que dirigió una carta abierta, sin respuesta, para que defendiese a las afganas. Como reacción, Khademi imagina una utopía feminista transnacional, donde las mujeres se unen para defender su libertad y dignidad. Los retratos colectivos reinterpretan iconografías históricas como 'La libertad guiando al pueblo' y escenas que celebran el amor: una orgía lésbica, llena de placer y felicidad, como culmen de un paraíso autosuficiente. De otra época anterior, los años 20-30 en España, son los dibujos erótico-lésbicos del álbum de Victorina Durán, testimonio excepcional de una sensibilidad artística que desafió las normas sociales de su tiempo y que se muestra en Guillermo de Osma junto con una obra monumental de Delhy Tejero: 'Mercado de Zamora»' de 1934. Para labores de recuperación y hallazgo, las de José de la Mano que presenta un estand de mujeres titulado 'Espacios de disidencia' en el que destacan, por un lado, la barcelonesa Amèlia Riera con una obra cercana a un surrealismo oscuro que incluye los llamados «objetos crueles», piezas escultóricas realizadas a partir de maniquíes intervenidos que cuestionan los arquetipos tradicionales de feminidad; por otro, el dúo valenciano Equipo Límite, formado por Cari Roig y Cuqui Guillén, que reivindican la libertad sexual y creativa desde el humor y la ironía a través de rompedoras composiciones pop. A esta genealogía de artistas que cuestionaron las estructuras de poder se suma también Concha Jerez (Freijo), pionera del arte conceptual español y una de las creadoras que con mayor lucidez ha analizado los mecanismos de control de la información. En 'Evolución de dos textos' reproduce fragmentos de una noticia sobre la muerte de doce presos en un incendio en la cárcel de Alcalá de Henares durante el franquismo y los interviene mediante bloques de tinta negra que autocensuran el texto y evidencian los silencios del poder. La reflexión sobre quién produce y administra las imágenes continúa en el trabajo de María Ruído (Rosa Santos). Sus fotomontajes, performances y ensayo audiovisual 'La fábrica y el sexo' analizan la relación entre pornografía, política y poder visual. Ruído parte del contexto italiano —con figuras como Moana Pozzi o Cicciolina, que llegó a ser diputada— para examinar cómo el porno ha pasado de fenómeno contracultural a engranaje de un sistema visual hegemónico bajo lógicas de consumo. También pone el foco en las trabajadoras del sector, convertidas en un proletariado precarizado. Las condiciones de trabajo aparecen desde otra perspectiva en la obra de la artista argentina Agustina Woodgate (Barro). En su instalación 'National Times', un sistema de relojes analógicos 'esclavos' conectados a un reloj maestro sincronizado por GPS va borrando lentamente los números de sus propias esferas a medida que las agujas avanzan: un sistema productivo que continúa funcionando incluso mientras sus propias coordenadas se desintegran. El control del relato y de la información encuentra ecos en distintas formas de violencia política. La artista kurda Zehra Doğan (Prometeo) fue encarcelada en Turquía en 2016 tras denunciar la represión contra el pueblo kurdo y continuó produciendo obras durante su estancia en prisión. En ARCO muestra figuras femeninas combativas pintadas sobre alfombras kurdas, tejidos cargados de memoria donde el cuerpo se mezcla con símbolos de resistencia. Los conflictos identitarios que atraviesan su trabajo remiten a otras fracturas históricas del mundo contemporáneo, entre ellas las religiosas, donde la artista cubano-española Glenda León (Max Estrella) ofrece una reparación simbólica. En 'El papel de la fe', reúne páginas recicladas de cinco textos sagrados —Biblia, Corán, Bhagavad Gita, Torah y canon budista— en un mismo volumen. La galería Harlan Levey propone un acertado diálogo entre Sheida Soleimani y Ria Verhaeghe donde las imágenes son archivo político. Soleimani, hija de refugiados iraníes, construye complejos 'tableaux' fotográficos donde se entrelazan memoria familiar, geopolítica del petróleo y narrativas de exilio. Verhaeghe desarrolla desde hace décadas 'Provisoria', un vasto archivo de imágenes extraídas de periódicos internacionales que reorganiza el fotoperiodismo como un atlas emocional de la historia reciente. La memoria del dolor colectivo aparece en la obra de la artista chilena Gabriela Carmona (Aninat), cuyas máscaras textiles negras del proyecto 'Territorios oscuros', hechas con prendas femeninas usadas, funcionan como espacios simbólicos para contener el duelo y los miedos. El trabajo se expande en 'Encarnapieles', piezas cosidas con ropa donada que incorporan testimonios como el de Ana González de Recabarren, activista chilena cuyo marido y dos hijos fueron desaparecidos durante la dictadura de Pinochet. El cuerpo y la reparación histórica ocupa el centro en el trabajo de la artista trans mapuche Seba Calfuqueo (W—galería), con un estand redondo. A través de esculturas, cerámicas y pinturas que dialogan con archivos coloniales, Calfuqueo explora las tensiones entre identidad indígena, género y memoria. En varias de sus piezas aparece el pelo como elemento fundamental: una extensión del cuerpo cargada de significado biológico, cultural y político que guarda rastros de identidad, control y domesticación. Ese cuerpo que se transforma, se ensambla y se reinventa encuentra una resonancia en el universo de Terry Holiday (Memoria), figura fundamental de la contracultura mexicana y del activismo trans desde los años setenta. La artista recrea su camerino como un espacio performativo donde maquillaje, vestuario y gesto funcionan como tecnologías de construcción del yo. Frente al espejo, la feminidad se fabrica. Sus 'patchworks' textiles —cargados de lentejuelas, plumas y bordados— entrañan historias de traición y dolor, sin olvidar la alegría. Muchas de las propuestas más incisivas de la feria giran en torno al cuerpo: disciplinado por el poder y borrado por la historia, pero también el cuerpo que resiste, lucha, se afirma y se reinventa en un 8 de marzo en el que celebramos —sin olvidar lo que queda por conquistar— cada pequeño avance hacia la libertad.