Las nefastas consecuencias de las intervenciones de Estados Unidos en Oriente Próximo dan la impresión de haber caído en saco roto. Basta remontarse a finales de 1980, un par de meses después del inicio de la guerra Irán-Irak, para dar con un solvente informe del Departamento de Estado en el que se afirma: "Cualquier intervención directa en la guerra o de apoyo a un bando chocará con la imprevisibilidad de ambos gobiernos (…) No hay vías para un acuerdo de pacificación". El reputado analista Richard Haass ha escrito muchos años después, a propósito de la orden de ataque contra Irán dada por Donald Trump: "Una vez más, Estados Unidos ha optado por asumir un compromiso estratégico masivo en Oriente Próximo. Pero si bien se necesita un bando para iniciar una guerra, se necesitan dos para ponerle fin, e Irán ahora tiene voz y voto en la magnitud y duración de este conflicto".