Vengo de comer con Frida Kahlo, me dijo mi madre, en un mensaje de voz que envió al celular de mi esposa. Qué mujer tan simpática, añadió, y enseguida continuó: Me invitó a su casa, tiene un departamento precioso frente al mar, había mucha gente, estaba el embajador americano, qué hombre tan guapo. Mientras mi esposa se reía escuchando el mensaje, yo me preguntaba si mi madre, tan proclive a hacer bromas desde que enviudó, me tomaba el pelo, o hablaba en serio. Frida me enseñó sus cuadros, dijo mamá, nos hicimos amigas, me sentí en confianza con ella, tanto que le recomendé a mi depiladora para que le corte las cejas y el bigote. Alarmado, pensé que mi madre estaba mal de la cabeza, casi tan mal como estoy yo mismo. Por eso la llamé y le dije que no podía haber comido con Frida Kahlo porque la pintora está muerta. Yo no sé si está viva o muerta, dijo mi madre. Yo vengo de comer con Frida Kahlo. Me dijo que se llamaba así, que era pintora, y tenía unas cejas de hombre lobo peores que las tuyas y un bigote de mariachi que debería afeitarse. Le pregunté a mi madre: ¿Era mexicana? Respondió: Claro, era mexicana, la auténtica Frida Kahlo.