Hasta 140 nombres de niñas que ya nadie pronuncia. Su colegio quedó reducido a polvo y silencio. El Ejército que llevó a cabo el ataque lo llama simplemente, con distanciamiento, daño colateral. Los mandos sonríen satisfechos porque afirman que han debilitado las defensas de Irán, calculando en porcentajes fríos el éxito de la operación. Pero, ¿contra quién se defienden las niñas de una escuela? A las guerras actuales les bastan con pantallas, coordenadas y órdenes impersonales. Sin conciencia. El valor de una vida inocente queda reducido a un número en el parte de bajas. La vergüenza no se detiene en los que bombardean. Aquí en España, los palmeros de la política doméstica aplauden los ataques. PP, Vox, siglas distintas, servidumbres similares. Y mientras celebran el éxito de la fuerza bruta, niegan la palabra crimen. Los mismos que se envuelven en banderas, tararean el himno nacional y juran amor eterno por la patria, pero la entregan sin pestañear al poder yanqui si eso conviene a su jefe del otro lado del Atlántico. Santiago Abascal, que siempre recuerda el acoso a su familia por parte de ETA, parece no reconocer el mismo proceder en quienes revientan escuelas y hospitales. Para él deja de ser terrorismo cuando lo ejecuta un aliado poderoso, que se ampara bajo la seguridad. Una vida no vale menos por nacer en Irán o en la Conchinchina. Una escuela bombardeada sin compasión no debería ser tratada nunca como una victoria militar. Esas niñas merecían crecer, formarse, casarse, tener hijos y también equivocarse y no ser únicamente parte de un gélido informe estadounidense que menosprecia a los que no tienen su nacionalidad. Cuando la justicia se mide por conveniencia, la barbarie campa a sus anchas. Los medios repiten hasta la saciedad las versiones oficiales y nosotros, cansados o asustados, pasamos página. Las víctimas mueren dos veces: primero por las bombas, luego por el olvido.