Lluvia de cenizas

El cielo parece de terciopelo azul, salpicado de puntitos de oro. Desde la terraza, con el mar resollando debajo, basta con levantar la vista para sentirse feliz. La noche ofrece un lujo de sensaciones: el silencio, el oleaje, el coro lejano de algún bar, la sal en los labios, el olor a pino… Uno cree que el mundo está hecho de amor. Las estrellas parecen semillas que alguien ha esparcido con generosidad. La constelación de Orión es un pescador incansable; la Vía Láctea, una senda de polvo por donde caminan los ancestros. Basta con tender una toalla en la arena y esperar. Una estrella fugaz atraviesa el firmamento y alguien pide un deseo. La noche refresca, la luna regresa. Mirar arriba es un acto de fe y uno cree que la paz está con nosotros.Entonces todo se complica. Un destello corta el horizonte. Otro le responde, más arriba, con una flor breve de luz. Las estrellas ya no titilan: estallan. Y ese oro, que creíamos lejano se torna impactos antiaéreos contra un avión que no es cometa sino máquina de guerra. La bóveda se llena de líneas rectas: una nube de misiles dibujando, con frialdad, un nuevo firmamento. El estruendo llega tarde, como un retraso de la conciencia, y el pecho se queda sin aire. Es imposible no pensar en lo que ocurre más allá de nuestra calma: Ucrania, noche tras noche, aprendiendo a distinguir constelaciones de drones; la Franja de Gaza, contando muertos y ruinas mientras el mundo discute palabras; Irán, sumándose al incendio de una región ya saturada de heridas. De pronto, la distancia es un espejismo. La misma luz que aquí nos maravilla allí sirve para matar; la misma tecnología que nos conecta también calcula trayectorias y elige objetivos. La pregunta nos espanta, implacable: ¿qué pasaría si esa nube buscara el último escalón, el nombre maldito de la confrontación nuclear? La lluvia de estrellas dejaría de ser promesa y se volvería ceniza: un polvo gris cayendo sobre el mar, sobre los tejados, sobre las mujeres, los niños y los viejos. También sobre los hombres, los humildes y los que mandan. Miramos arriba, todavía, para comprobar si el cielo sigue siendo cielo y el mundo, mundo.