Un bravo toro de Jandilla y la templada facilidad de Pablo Aguado destacan en Valencia

Paco Aguado Un muy bravo ejemplar de la divisa de Jandilla, al que no acabó de cuajar Sebastián Castella, y la pausada facilidad con que Pablo Aguado plasmó el mejor toreo de la tarde han sido las notas más destacadas de la corrida de este domingo de la feria de Fallas de Valencia. Después de que la corrida titular tuviera que ser remendada con tres toros del hierro salmantino de Puerto de San Lorenzo, la ganadería de Jandilla aún soltó el que probablemente vaya a ser el toro de más raza de estas Fallas, aunque no recibiera los honores de la vuelta al ruedo que, inexplicablemente, sí se dio la tarde anterior a uno de Victoriano del Río. Porque este sí que fue realmente bravo, con unas embestidas tan entregadas como exigentes, descolgándolas a ras de arena con una emotiva profundidad, de las que, pese a su esfuerzo, Sebastián Castella no estuvo a la altura. Aunque salió rebotado del segundo puyazo, Artista, que así se llamaba el de la divisa azul, se creció en banderillas y se arrancó como un obús al espectacular inicio de faena del francés, que puso en pie los tendidos con varios pases cambiados por la espalda con ambas manos. Pero a partir de ahí, ya a la hora del toreo fundamental, Castella no acertó a gobernar esa bravura con el mando ni la fluidez suficientes, con la muleta abajo, sí, pero demasiado encimado con el toro y sin rematar los pases en toda la dimensión que éste ofrecía y necesitaba. En el trasteo, casi todo con la mano derecha pues la única tanda por naturales siempre salió enganchada, hubo una amontonada ligazón que tuvo la vibración que aportaba el de Jandilla, que, sin ser suficientemente sometido y sin aplacar así su bravura, ya no dejaría al francés concretar el pretendido arrimón que siempre incluye en su repertorio. Se pidió, aun así, la oreja que no otorgó la presidencia, como tampoco el merecido premio a este gran toro, muy distinto al mansito primero de la tarde, al que Castella se empeñó en mantener lejos de una querencia donde le hubiera permitido resolver con más comodidad. El toreo de mejor nota de la tarde llevó, por tanto, la firma de Pablo Aguado, que desde el primer capotazo al tercero hasta el cierre de faena al sexto se manejó con una suave y precisa facilidad. Y, lo que en estos tiempos de vacuo destajismo torero no deja tampoco de agradecerse, también con un elogiable y exacto sentido de la medida. Así, la faena más redonda de la tarde y puede también que de lo que llevamos de feria, se la hizo el sevillano al primero de su lote, un serio y hondo ejemplar de La Ventana del Puerto que, sin emplearse demasiado, se movió con una nobleza que mejoró y se aquilató ante una atemperada muleta. Ya en los asentados lances de salida y en un soberbio quite a pies juntos mostró Aguado esa natural facilidad para templar al animal, al que ayudó a crecerse con un delicado y sabroso inicio de faena para luego sostener y alargar su escaso impulso a una precisa media altura, siempre acompañándolo con sabor y una pausada torería. Hubo, aun así, muletazos intensos, sobre todo con la izquierda, que no se saborearon demasiado en el tendido, pero sí lo suficiente para que, de no mediar dos pinchazos en la suerte natural -el único error de la faena- hubiera habido premio para Aguado, que no varió su planteamiento ante un sexto de Jandilla que pronto se desfondó. José María Manzanares le puso tesón a dos trabajos opacos, lo mismo con un segundo del Puerto de San Lorenzo que siempre amagó con rajarse, pero que no lo hizo al no verse exigido, que con un quinto de Jandilla que se paró sin remedio en cuanto el alicantino castigó por bajo su inicial temperamento.