El PP tiene un problema. No sabe qué hacer con Vox. Hoy son hermanos, mañana cuñados, pasado mañana extraños y vuelta a empezar. Los socialistas han ido resistiendo mejor a cada acometida. Pero resistir no es ganar, ni siquiera en España. Sólo Vox ha ganado votos y escaños en las últimas convocatorias El PP de Mañueco gana las elecciones aunque necesita a Vox y el PSOE mejora su resultado Tres campañas electorales, tres jornadas de reflexión, tres votaciones, un genocidio y una guerra después las cuentas salen claras. El Partido Popular y el Partido Socialista han perdido votos y escaños ambos excepto en Castilla y León. Sólo Vox ha ganado votos y escaños en todas las convocatorias. Todo lo demás son matices. Hoy el PP gobierna lo mismo que ya gobernaba, pero dependiendo más de un socio dispuesto a convertirse en comprador y lanzar una OPA hostil tan pronto tenga ocasión. Los votantes de derecha y extrema derecha estaban tan motivados con echar a Sánchez que les daba igual votar para que no hubiera gobiernos. Era la tormenta perfecta para la ultraderecha. Parece que empieza a escampar y el elector conservador empieza a recordar que ellos votaban para tener un gobierno. Hoy los socialistas siguen apuntándose a la heroica y a la esperanza de que, como aconteció en julio del 2023, las generales sean otro partido completamente diferente. Se trata de una esperanza que acaba de encontrar un dato a su favor: la evidente concentración del voto de toda la izquierda en los socialistas castellanos y leoneses. Si es posible en Valladolid, es posible en Madrid o en Sevilla. El Partido Popular puede consolarse pensando que ha ganado terreno en la guerra de trincheras que sostiene con el sanchismo. Pero la verdadera pregunta es si el notable coste en recursos y la progresión de Vox respecto a su capacidad de presión y negociación compensa una ganancia tan parca. Demasiado viaje parece para tan poca distancia recorrida. Que el PP iba a ganar las tres convocatorias no estaba en discusión. Era el tamaño de la victoria lo que se iba a medir. Y lo cierto es que el tsunami de resultados electorales desatado por Feijóo para asolar las costas del sanchismo, ha ido llegando en olas cada vez menos fuertes y destructivas a las playas del gobierno, hasta convertirse en una suave onda en Castilla y León. El carrusel electoral ni ha dado más motivos ni ha forzado unas elecciones anticipadas. A la espera de Andalucía el control de los tiempos lo sigue conservando el presidente Sánchez. Hoy el PP negocia en peores condiciones con su socio inevitable y Feijóo no ha reforzado su liderazgo, mientras que Santiago Abascal es más líder y Vox dicta los términos de las conversaciones y cuándo y cómo y dónde y para qué hay gobierno. Si Castilla y León es el canario en la mina de la emergencia de la extrema derecha, aún sigue vivo. Vox no ha llegado a la barrera sicológica del 20%, pero como si lo hubieran hecho. El PP tiene un problema, es cierto. No sabe qué hacer con Vox. Hoy son hermanos, mañana cuñados, pasado mañana extraños y vuelta a empezar. Pero la ultraderecha tiene sus propios dilemas que tampoco sabe cómo resolver: no tiene claro qué hacer con los gobiernos. Algún día se acabarán las elecciones y no habrá más remedio que gobernar algo, aunque sea un poco. Abascal no puede pasarse la vida haciéndose selfies rodeado de adolescentes en los mítines. Los socialistas han ido resistiendo mejor a cada acometida. Pero resistir no es ganar, ni siquiera en España. La lección no puede haberles sido impartido con más claridad por su base electoral. Cuando tienen algo más que ofrecer que no sea únicamente la resiliencia pura y dura, les va mejor. Sea el candidato o la candidata, sean las políticas, sea el derecho internacional, sea el No a la guerra o sea Donald Trump. Algo, lo que sea, que no consista únicamente en parar a la ultraderecha como alfa y omega. A la izquierda de los socialistas se va perfilando lo evidente: el problema no son los votantes. Cada convocatoria queda más claro que, si se les ofrece un proyecto claro y un liderazgo creíble, salen de sus casas para ir a las urnas; sea en León o sea en Zaragoza. No se equivocan los electores quedándose en su sillón. Se equivocan los candidatos dándoles la chapa con sus cosas de candidatos.