Castilla y León deja contentos a los tres principales partidos, pero mucho menos a Vox. Mañueco no intentó ser el antisanchista por excelencia, aunque ese no es el punto de vista mayoritario entre los barones regionales del PP Los resultados de las elecciones en Castilla y León 2026, municipio a municipio Como prólogo de las elecciones de Castilla y León, nada mejor que insistir en todo lo que ha metido en problemas al Partido Popular. Isabel Díaz Ayuso se apuntó con ganas a una información terrorífica de El Debate que avisaba de un posible fraude electoral utilizando un DNI electrónico. El engaño se basaba en ignorar hechos esenciales sobre el control del voto y el hecho obvio de que sólo puedes depositar la papeleta si apareces en el censo electoral. Sólo era otro intento en esa competición de ciertos medios de derecha en denunciar que el malvado sanchismo no respeta ni lo más sagrado y que seguro que hará lo posible para falsear los resultados electorales. Es la clase de infundios que beneficia sobre todo a Vox, que ha cabalgado sobre toda una serie de bulos y maquinaciones que señalan que España está en el peor momento de su historia. No es algo que preocupe a Ayuso, porque a ella le funciona. De ahí su mensaje en plena jornada de reflexión para relacionar esa seudodenuncia con su enemigo mortal: “El que promueve manifestaciones –a todas luces ilegales– en jornada de reflexión; ató el Constitucional urgentemente; nacionaliza masivamente; con denuncias de pucherazos en el voto por correo en varias provincias; llegó con urnas de cartón a dirigir su partido; con pactos tramposos para llegar al Gobierno, ahora pretende esto”. Resulta que al final una dirigente del PP con tanto poder como Ayuso termina hablando como si fuera Alvise. Es el hecho diferencial madrileño. Con estos bueyes tengo que arar, debió de pensar Alberto Núñez Feijóo, que esperaba que los resultados de Castilla y León le dieran algo de aire. Eso fue lo que consiguió. El PP sabía que debía moderar sus expectativas y por eso anunció previamente que sería un triunfo si ganaba un escaño más en una región en la que hubo un tiempo en que superaba el 50% de los votos. Tocan tiempos más realistas donde las regiones españolas más conservadoras no conceden ya al PP victorias arrolladoras. Siempre tiene que contar con que dependerá de Vox para gobernar. En ese mundo de la derecha y la extrema derecha en paralelo, el PP comprobó aliviado que Vox no superó el 20% en otra campaña en la que Santiago Abascal se multiplicó. No se quedó muy lejos (18,9%), pero su ascenso fue inferior al del PP. Nadie diría que Alfonso Fernández Mañueco iba a convertirse en el gran baluarte contra Vox, sobre todo después de la gestión inicialmente pasiva y luego atropellada de los incendios ocurridos en verano en León. Mañueco no intentó ser el antisanchista por excelencia y no compitió en alarmismo con Vox. Ese no es el punto de vista mayoritario entre los demás barones regionales del PP. A él le ha servido para ganar cuatro puntos y dos escaños y superar el 35%. El PSOE tiene también motivos para esbozar una sonrisa que se le quedó congelada en la cara en Extremadura y Aragón. Esta vez, no se podrá hablar de hundimiento ni habrá que buscar otro líder autonómico entre las piedras. Carlos Martínez demostró la solvencia en las urnas que se le supone a alguien que lleva gobernando en el Ayuntamiento de Soria desde hace 19 años. En esa provincia, pasó del 18% al 32%. Su discurso pegado al territorio, preocupado más por hacer oposición al PP y no a Vox, tuvo probablemente más influencia que el discurso contra la guerra que Pedro Sánchez llevó a la campaña. Perder las elecciones hará que la derecha supere los cuarenta años de gobierno en Castilla y León. Pero en el contexto actual los socialistas se mostrarán ahora eufóricos. Superar el 30% y ganar dos escaños más es casi un regalo comparado con las otras dos elecciones autonómicas de este año. La izquierda confederal aspiraba a muy poco y se quedó en la nada. Podemos volvió a quedarse por debajo del 1% y por detrás del partido de Alvise Pérez. IU-Sumar pensaba en llevarse el escaño que todos juntos consiguieron hace cuatro años, y al final ni eso (2,2%). De castigo, todos se llevaron un tuit de Gabriel Rufián: “No hacer algo (o hacer lo de siempre) es pura negligencia”. Tampoco es que sumar esos porcentajes ínfimos en una sola candidatura te vaya a sacar de pobre. Fue la primera campaña en que Feijóo empleó un lenguaje agresivo contra Vox, algo a lo que no se habría atrevido antes. Había dejado que el partido de Abascal siguiera creciendo sin tener ningún interés en mostrar las diferencias entre las dos formaciones. De hecho, era todo lo contrario. Dirigentes como Miguel Tellado y Ester Muñoz destacaban que los dos partidos tenían una misión idéntica, acabar con el sanchismo. Muchos votantes de la derecha terminaron pensando que si daba igual votar a uno u otro partido, podían dejarse arrastrar por sus bajos instintos antisanchistas y apoyar a los más brutos. Una cita electoral en la que los tres principales partidos suben en votos puede hacer que se olvide rápidamente. Vox se ocupará de aguar el previsible triunfalismo del PP, quizá con condiciones más duras para la formación de los tres gobiernos autonómicos pendientes. Está por ver si Feijóo aprenderá la lección y marcará distancias ideológicas con Vox. Esa podría ser la principal consecuencia de estas elecciones a menos que Ayuso pueda evitarlo.