La hermandad de Montserrat cumple su 425 aniversario fundacional, motivo por el que salió el sábado en vía crucis extraordinario con el Cristo de la Conversión, el portentoso crucificado de más de un metro y noventa centímetros de altura prodigiosamente labrado por Juan de Mesa en pleno Siglo de Oro, entre 1619 y 1620, cuando Sevilla era el centro económico y religioso del mundo. Aprovechando la efeméride, analizamos la relación tejida entre la hermandad sevillana de Montserrat y destacados miembros de la Casa Real española, ejemplificado en la persona del infante don Carlos de Borbón Dos Sicilias en el transcurso de las primeras décadas del siglo XX. Histórico vínculo, el de la hermandad y la primera Familia Real española, establecido desde que la reorganizaron un grupo de jóvenes comerciantes, empresarios y banqueros afincados en aquella Sevilla de mediados del siglo XIX. Entonces, consiguieron la aprobación civil de sus Reglas, el 13 de abril de 1850, con el beneplácito de la reina Isabel II, la mediación eclesiástica del mismísimo arzobispo de Sevilla, el cardenal Romo, y el firme apoyo político e institucional dispensado por los señores duques de Montpensier , nada más aterrizar en nuestra ciudad donde instauraron su particular «corte chica». Con ello, recuperaron la vida corporativa de la primitiva cofradía de la Conversión del Buen Ladrón San Dimas y Nuestra Señora de Montserrat, pilares espirituales del emblemático monasterio benedictino de aquella región. Una hermandad, que, a inicios del siglo XVII, había residido en la iglesia de San Ildefonso en las proximidades de la periferia conectada con el templete de la Cruz del Campo, piadoso humilladero hacia donde debían estacionar antaño sus primitivos cofrades de sangre, flagelándose, por Semana Santa (pese a que inicialmente pudo haber sido una hermandad de gloria, según el testimonio del eminente historiador sevillano don José Bermejo). Sin embargo, los cofrades sevillanos de Montserrat y la Conversión del Buen Ladrón abandonaron San Ildefonso a mediados de aquel mismo siglo para reemplazar su residencia canónica al convento dominico de San Pablo del barrio de la Magdalena, en cuyo edificio religioso edificaron una capilla propia el año 1650. Muy cerca de la desembocadura de la antigua calle Catalanes, que salía a la actual Zaragoza proveniente de Carlos Cañal y Albareda, se avecindaron los primeros lenceros barceloneses que vinieron a Sevilla, desde la Edad Media, a desarrollar sus negocios textiles cerca de la Puerta de Triana, próxima al río Guadalquivir, el arenal y el puerto. Floreciente enclave logístico y comercial que tradicionalmente acogió un vecindario de cierto nivel adquisitivo, con un área urbana repleta de almacenistas, corredores comerciales, mercaderes y suministradores de agua y alimentos en general. Nada más iniciarse el mes de marzo de 1851, los duques de Montpensier aceptaron ostentar el cargo honorífico de hermanos mayores de esta hermandad de Montserrat que, el Viernes Santo de aquel año, contó en su primera salida procesional con la participación de hasta 150 nazarenos, un nutrido cuerpo de penitentes que lucieron uniformados con el nuevo hábito de túnicas blancas de cola y antifaz azul merino. Los años centrales del XIX, nuestra Semana Santa comenzó a revitalizarse y volvieron a procesionar cofradías que no salían ya desde hacía un siglo. Las hermandades experimentaron una evolución social importante, pues se abrieron a admitir cofrades ajenos a los exclusivos gremios profesionales que tradicionalmente habían formado parte de cada una de ellas. En la que nos ocupa, miembros del antiguo gremio de comerciantes de tejidos mostraron cierta reticencia a los nuevos hermanos que la reimpulsaron. Un número importante de ellos, entre quienes estaban el alcalde García de Vinuesa, el concejal don Bernabé López, miembros de la familia Pagés del Corro, los hermanos Azcoitia, Francisco Suero y el cura don Luis Salvatella (de claro apellido catalán), también lo eran de la hermandad Sacramental del Salvador, en cuyo barrio poseían abiertos sus establecimientos comerciales y mercantiles. El esplendor de sus pasos procesionales y el bello decoro estético de todo el conjunto de su cortejo procesional quedaron inmortalizados en dos primorosos óleos, dibujados por el reconocido pintor romántico sevillano, don Antonio Cabral Bejarano, artista de cámara de los señores duques, quien logró reflejar en sus lienzos el importante auge y gran pujanza que la hermandad de Montserrat alcanzó gracias al mecenazgo e incombustible apoyo de los Montpensier. Corresponde a aquella etapa de gran renovación la iniciativa de pasar a denominar a la antigua dolorosa, hasta entonces venerada como Dolores en su Soledad, bajo el título letífico de Nuestra Señora de Montserrat, cuyo paso de palio, tan característico por sus peculiares cornisas de plata y flores de lis (símbolo heráldico de la Casa de Borbón) bordadas en oro sobre su exquisito manto azul por Patrocinio López, se estrenó completamente terminado en 1855, fecha desde la que prácticamente ha tenido pocos cambios. Aunque los duques cayeron en desgracia tras la Revolución septembrina de 1868 (mientras reinó Isabel II), sus descendientes y otros miembros de la Familia Real española no perdieron su maridaje con esta hermandad tras la Restauración monárquica. El rey Alfonso XII, que reinó entre 1874 y 1885, heredó el afecto hacia Montserrat de su esposa, hija de los propios duques, la princesa doña María de las Mercedes de Orleans. Tradición que continuaría luego la reina María Cristina de Habsburgo, bajo cuya regencia aceptó ser nombrado como hermano mayor honorario de Montserrat el Príncipe de Asturias, en 1901. Don Carlos de Borbón, que contrajo matrimonio en febrero de aquel mismo año con María de las Mercedes de Borbón, fue reconocido como Príncipe consorte, convirtiéndose desde aquel momento, por tanto, en hermano mayor honorario de esta hermandad conjuntamente con el Marqués de Paradas. Bajo el reinado de Alfonso XIII va a producirse la inscripción del infante don Carlos como cofrade de Montserrat, al cesar como hermano mayor honorario después de dejar de ser Príncipe de Asturias consorte, a raíz de la muerte de su primera esposa doña Mercedes, acaecida a finales de 1904. Según el acta del cabildo general que testimonia la entrada del infante como cofrade, datada en 1905, también se reconoció la labor del mítico mayordomo Manuel Caballero de Vargas. Entonces, don Carlos tenía treinta y cinco años de edad y se hallaba en pleno duelo por viudedad de su primera esposa. Volverá a casarse, ahora en segundas nupcias, en 1907, con doña Luisa de Orleans, hija de la Condesa de París y nieta de los duques de Montpensier, por lo reforzó así su predilección por esta cofradía. La antigua capilla de Montserrat, ubicada en el desaparecido compás del antiguo convento dominico (pues no pasará a la iglesia donde hoy reside hasta 1938), fue visitada por los reyes don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia el año 1909. En aquellos días, el infante don Carlos fue nombrado nuevamente hermano mayor de esta hermandad, cuyo cargo ostentó de modo honorífico durante más de una larga década, hasta bien entrado los años veinte, mientras estuvo al frente de la corporación el influyente Marqués de Pickman, don Guillermo.