Ironía criminal

El ataque a Irán se ha convertido en un espectáculo de cinismo donde la vida humana no vale un céntimo. La sola idea de que el Nobel de la Paz pudiera llevar el nombre de Trump es un insulto a cualquier modo de vida inteligente. Sería como primar a un pirómano por el brillo de sus llamas. Esta jocosidad perversa que destila ese demente, que celebra el hundimiento de una fragata como si fuera un videojuego, destapa un supremacismo moral donde la muerte ajena se reduce a puro entretenimiento. «Lo hundimos por diversión». La deshumanización del que no encaja en sus esquemas. Pero lo que está claro es que el verdadero motor es el poder económico pese a que hable de liberar y traer paz, etc, Trump, con ironía criminal como buen delincuente y terrorista, amén de pedófilo, anima a Irán a cerrar el estrecho de Ormuz, conocedor de que el caos en el suministro de crudo se traduce en múltiples beneficios para la industria yanqui. Una operación mercantil regada con sangre. El colmo de la provocación llega con la lunática de Ayuso, de la que pronunciar su nombre me produce un virulento sarpullido, anunciando un homenaje a los 250 años de la independencia de EEUU precisamente el Día del Orgullo Gay. Una bofetada a la cordura de la que naturalmente carece. A ella le interesa más cambiar la bandera del arcoíris por la sumisión a un dictador que hoy lidera el desprecio a las minorías y la mofa ante los muertos, tal como hizo ella durante la pandemia con su récord de 7.291. No hay orgullo en rendir homenaje a una potencia que, bajo el mando de un enfermo mental, jalea ataques sin previo aviso y le crece la nariz más que a Pinocho. Mientras el mundo observa con horror la frivolidad de Trump y su cómplice Netanyahu, la presidenta madrileña se apresura a rendir pleitesía a su amo. Madrid no debería ser el escenario para blanquear a una ultraderecha que ríe ante la devastación de un pueblo.