Desde el origen de los tiempos, la propaganda ha sido, sin duda, una de las armas más poderosas de la guerra. También hace mucho que comprendimos que la guerra es, a su vez, una de las armas más letales de la propaganda. En realidad, los conflictos bélicos no se entienden sin su relato . Sin él la guerra no sería nada más que una carnicería. Hasta dios tuvo que recurrir a un relato que inspirara el Antiguo Testamento –la invención del pecado– para justificar esa cólera divina que le llevó a arrasar, con fuego y azufre, Sodoma y Gomorra . Esta preponderancia de la propaganda nos obliga a poner siempre bajo sospecha las informaciones que recibimos de una guerra. Porque cuando las armas hablan, la información y el periodismo suelen ser un combatiente más. Lo vimos en Palestina . Cada vez que el Ministerio de Sanidad gazatí avanzaba un parte de bajas, los responsables israelíes y sus acólitos occidentales se apresuraban a desacreditarlos: todo era una burda propaganda de Hamas, aquellos sangrientos datos eran falsos. Hoy sabemos que estaban en lo cierto. Según una investigación de la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical , publicada en la prestigiosa revista científica The Lancet , los datos oficiales que fijaban en 46.000 el número de fallecidos en Gaza a principios de 2026, no era ciertos: en octubre de 2024 ya se había superado la barrera de los 70.000 asesinados por las bombas israelíes . Y quedaba aun mucha más muerte por llegar. Esa primacía del relato es, precisamente, lo que explica la comodidad con que Donald Trump se sumerge, y nos sumergie, en las escaladas bélicas. De hecho, la lógica guerrera – matonismo , lo llaman algunos– impregna toda su acción política: bombardeando Irán, hundiendo lanchas en el Caribe, secuestrando a Maduro , atacando Nigeria, desplegando la ICE, acechando en Groenlandia , imponiendo aranceles, acosando a Cuba , amenazando a España. Para él todo esto no es más que un juego de relatos. Trump encarna así la cumbre del giro lingüístico que a finales de los años 70 comenzó a invadir las ciencias sociales hasta presentar a la realidad como un simple conflicto de representaciones simbólicas, sin referente material sobre el que confirmarse. Se imponía un nuevo paradigma en el que la realidad, sencillamente, había desaparecido. En este sentido, Trump, las fakes news y las verdades alternativas son la conclusión de este largo proceso, no la causa original de nuestro desconcierto. El presidente norteamericano nos presenta sus relatos con el mismo sarcasmo con que Groucho Marx nos mostraba sus principios: si no gustan, tiene más. No sorprende, por ello, que el mandatario norteamericano haya encontrado en Benjamin Netanyahu a su mejor aliado. Ambos son conscientes del poder propagandístico de la guerra para contrarrestar sus problemas políticos y judiciales. Y pocos mandatarios han sido tan eficaces como el israelí para generar relatos que legitimen el expansionismo sionista, recurriendo para ello a supuestos deseos divinos y al uso perverso de la memoria de la Shoah para justificar el genocidio palestino. La guerra es el reino de los relatos. Pero la guerra, al mismo tiempo, es también la manifestación más abyecta de esa cruda realidad cuya existencia insisten en negar. Por eso, cuando algunos entonan cantos a la libertad para justificar los misiles sobre Irán , saltan sobre nuestros ojos los cuerpos destrozados de las niñas de la escuela de Minab. O el centenar de marineros asesinados por un submarino americano mientras navegaban desarmados por aguas de Sri Lanka . O los cientos de miles de personas obligados a abandonar Beirut bajo la amenaza de las bombas israelíes. La realidad, hecha de sangre y bilis, de rabia y miedo, enmudece de golpe todos los relatos. Y nos deja, como a León Felipe , hastiados de escuchar siempre los mismos cuentos. Una realidad que, con su grosera insolencia, no deja de mostrarnos al emperador desnudo. E impotente. No en vano, Estados Unidos lleva décadas demostrando al mundo que es una máquina implacable de destrucción masiva. Pero es incapaz de construir nada desde que quedó estancado en el paralelo 38 de Corea, desde que fue humillado en Vietnam , desde que se empantanó en Irak, desde que huyó acorralado de Afganistan . Por eso a Trump siente pavor ante la posibilidad de que sus soldados pongan un pie Irán, en esa realidad física de donde ignora cuándo y cómo podrían salir. Mientras tanto sus misiles y aviones solo destruyen, no edifican nada. Ni democratizan, ni estabilizan, ni garantizan la seguridad, ni liberan mujeres. Nunca la pretendieron. Porque Trump solo puede aspirar hoy a convertir el declive del imperio americano en un espectáculo de fuegos artificiales, cuyo resplandor pirotécnico nos ciegue lo suficiente como para no ver sus miserias. Ni los restos de carne y vísceras que dejan esparcidos las deflagraciones. La terca realidad explica así la supuesta imprevisibilidad del presidente norteamericano. De hecho, es su única alternativa. Condenado a no poder solucionar nada y a afrontar la decadencia americana como una enloquecida y destructora huida adelante, su única salida posible es un perpetuo e inverosímil giro de guion. Como en aquellas malas películas de serie B producidas por Hollywood de los años 50, de donde Trump parece sacar inspiración para bautizar sus gestas guerreras: Furia épica . Películas cutres y baratas cuya visión provocaba vergüenza ajena; pero que hoy, para perplejidad del mundo entero, parecen hacer las delicias de Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal, Friedrich Merz y Ursula von der Leyen . El emperador desnudo. Y los lacayos en pelota. _________________ José Manuel Rambla es periodista.