Pasear por la ciudad con un carrito de bebé aporta nuevos puntos de vista, descubre nuevos mundos, confirma sospechas. Cuando uno camina pendiente únicamente de mover una pierna después de la otra, muchos obstáculos pasan desapercibidos; por este motivo, el carrito se erige entonces en instrumento de precisión, en medidor, entre otras cosas, de la calidad del suelo. Dando una vuelta por el Centro, por ejemplo, el traqueteo es casi continuo y, por momentos, cobra tintes sísmicos. Las baldosas rotas o sueltas son lo más común en nuestra ciudad, así que los bebés se ven sometidos a una vibración intensísima, de tal manera que, en un futuro, los que hagan una ruta del Dakar o un safari por Tanzania creerán haber vivido esas experiencias antes. Les auguro, en ese sentido, algún desconcertante ‘déjà vu’. Nuestro suelo (pavimento si nos ponemos estupendos) espolea a los recién nacidos; los zarandea y los prepara para un mundo siempre incierto; diría que incluso los está curtiendo antes de tiempo.