No entiendo la vida sin cuidados. Eso hace que a veces me preocupe quizás en exceso por asuntos cuya solución no depende de mí, yo no puedo arreglarlos, pero aun así lo intento, trato de llegar hasta donde sé que no alcanzo. Vivo en un estado de alerta y preocupación permanentes. Siempre ha de haber algo inquietándome, rondándome en la cabeza, latente, como el virus que cada cierto tiempo se manifiesta en forma de un molesto herpes labial, síntoma, por otra parte, de que soy cuidadora, pero no me cuido, e incluso encuentro una cierta satisfacción en mi propio sufrimiento, físico o anímico.