La compra del fondo alemán MEAG de cerca de dos mil pisos en Madrid y Comunidad Valenciana, unido a la adjudicación al escocés Aberdeen de la construcción de otras dos mil viviendas sobre suelos públicos también en la capital, ha destapado una tendencia incipiente: la presencia de los fondos de infraestructuras como nuevo inversor en el sector de la vivienda asequible, cuya principal característica es que exigen menos rentabilidad a sus compras—algo positivo a priori si se quieren garantizar alquileres baratos—, pero que a cambio necesitan de una seguridad en su inversión, que tiene que ser similar a la de explotar una autopista de peaje o un aeropuerto.