El humanismo tiene una alta dosis de hipocresía. Descansa en que todos los hombres son iguales pero le cuesta tanto ponerlo en práctica como al joven rico de la parábola (Marcos, 10, 17-30). Su barco está atestado, de la tripulación al pasaje, de «sepulcros blanqueados». Ahora bien, sus principios, aunque no se lleven hasta el final, son al menos una maroma a la que asirse para no hundirse en la total inhumanidad. Esa maroma se está deshilachando. Un día se verá que la falta de reacción frente a la criminal guerra de Gaza del humanismo occidental marca un antes y un después. Sus ochenta mil muertos, aproximadamente, pesan muy poco en su conciencia. Ahora la guerra de Irán está mostrando la misma pérdida de principios. No se habla de los miles de civiles inocentes que están muriendo en los bombardeos, como si pertenecieran al mismo núcleo de mal que se dice combatir. Son muertos de ínfima clase.