El problema no es que el Perú haya ganado relevancia geopolítica, sino que aún no sabe traducir esa nueva centralidad en una política exterior coherente. De esa situación surge una falsa disyuntiva: la idea de que el país debe definirse entre China y Estados Unidos. Esa lectura ha llevado al Perú a adoptar posiciones diplomáticas fluctuantes y, al mismo tiempo, a carecer de una estrategia clara frente a la creciente presencia de la potencia asiática en el país y ante el renovado interés de Estados Unidos por América Latina.