La torpeza de Timothée Chalamet o cómo perder un Oscar que tenías en el bolsillo

La 98º edición de los Óscar, celebrada este domingo, deja unas cuantas lecciones. Entre ellas, que lo mejor para predecir sabiamente el palmarés es observar con detalle las manías y prejuicios de los académicos. Que se lo digan a Timothée Chalamet. El neoyorquino, que se llevó hace dos meses el Globo de Oro con 'Marty Supreme', ha sido la última víctima de los escrúpulos de los votantes y de los peligros de la fama, y ha terminado por quedarse con la miel en los labios. Finalmente, el que pasará a la historia como el mejor actor de 2025 será Michael B. Jordan, el todoterreno protagonista de 'Los pecadores (Sinners)'. Chalamet creyó que a la tercera iba la vencida , pero su tercera nominación se ha quedado en eso: una nominación y nada más. ¿Por qué? Pues otro compañero de candidatura y también uno de los perdedores de la noche, Leonardo DiCaprio, lo sabe bien: por ser demasiado popular. Y un poco bocazas. A Hollywood le gustan las estrellas. De hecho, ellos inventaron a las estrellas. En la meca del cine triunfan las caras bonitas, las dentaduras perfectas y la fotogenia, que son sinónimos de generosas recaudaciones en taquilla. Sin embargo, la Academia siempre ha sido reacia a premiar estos perfiles, reservando la estatuilla dorada para nombres recubiertos de prestigio. Cary Grant, Richard Burton, Marlene Dietrich, Ava Gardner o Montgomery Clift murieron todos sin Óscar porque a los académicos -alérgicos a las portadas de revistas y a los escándalos personales- les parecieron demasiado guapos, famosos y escandalosos. Las últimas generaciones no se han quedado atrás. Harrison Ford, Michelle Pfeiffer, Johnny Depp… la historia se repite en bucle. Todos ellos son nombres que, durante sus primeros pasos en la industria, estuvieron asociados a la taquilla y rostros que recubrieron las paredes de los dormitorios adolescentes, algo que la Academia no ha querido perdonarles. Recuerda a aquello que contó Demi Moore cuando logró el año pasado el Globo de Oro por 'La sustancia': «Hace 30 años un productor me dijo que yo era una actriz palomitera y pensé que eso significaba que podía hacer películas exitosas, pero que no sería reconocida». Moore, por cierto, también acabó perdiendo el Óscar. A Timothée Chalamet le está ocurriendo lo mismo. Es lo que podríamos llamar la 'maldición DiCaprio', quizás el máximo exponente de este fenómeno. Desde su primera nominación ('A quién ama Gilbert Grape', 1993) hasta su única victoria ('El renacido', 2015), pasaron 22 agónicos años, un puñado de candidaturas y unos cuantos estupendos papeles que fueron ignorados. Las buenas críticas o trabajar con directores de prestigio no curan la herida: a Tom Cruise no le sirvió de nada rodar 'Magnolia' (del anoche multilaureado Paul Thomas Anderson) ni a Scarlett Johansson hacer 'Historia de un matrimonio'. Hace sólo dos meses, todo apuntaba a que Chalamet iba a ganar el Oscar. Pero una serie de catastróficas desdichas ha ido hundiendo sus posibilidades hasta, finalmente, dejarle sentado esta noche mientras Michael B. Jordan recogía el premio. Para empezar, su juventud no ayuda. Sólo Adrien Brody ha ganado el Oscar al Mejor Actor siendo más joven que él ahora mismo (en 2002, por 'El pianista', con 29 años). Pero ese dato no es nada con lo que vino después. El de 'Marty Supreme' se ha dedicado a hacer una campaña sobreactuada y antipática que ha terminado por repeler a muchos votantes. «No quiero que la gente dé mi trabajo por sentado. Es de un gran nivel», dijo en una entrevista recientemente. Chalamet ha acabado siendo percibido como una persona egocéntrica y demasiado encanta de conocerse, cuando todo publicista sabe que si quieres que te voten tienes que presentarte como alguien cercano y amable. Llamémoslo la 'fórmula Jennifer Lawrence'. ¿Y algo más? Sí, sí. Cuando su carrera al Óscar ya parecía difícil de remontar, empezó a circular por redes un vídeo en el que conversaba con Matthew McConaughey y en el que decía que quiere participar en proyectos exitosos y no en cosas como «el ballet o la ópera, que no le interesan a la gente» . Quedó sentenciado. Sus tempranas victorias en los Globos de Oro y en los Critics Choice no se vieron influenciadas por todo esto, pero el pico de la polémica llegó en plenas votaciones de los Oscar. Perder el BAFTA contra el desconocido Robert Aramayo ('I Swear') fue la primera pista de que sus posibilidades se tambaleaban, y quedarse sin el premio del Sindicato de Actores lo acabó por enterrar. La inesperada victoria de Michael B. Jordan en estos últimos -un actor con mucha mejor opinión pública y protagonista de la película más nominada de la historia- ofreció, al fin, una alternativa realista a Chalamet, pues hasta el momento no parecía claro quién podía ganar si no era él. Finalmente, Jordan, el victorioso protagonista de 'Los pecadores (Sinners)', se ha hecho con el premio. Él también podría haber caído en la trampa de la popularidad y la exageración, en las peores tentaciones de la fama, pero ha sabido esquivarlo. Sus entrevistas son discretas, sabemos poco de su vida privada y no se comporta como una estrella histriónica, sino como un actor serio, trabajador y prudente. A veces, eso es suficiente. Quizás no para que piensen que eres el mejor actor de los tiempos, pero sí para que a los académicos les apetezca votarte porque, sencillamente, les caes bien.