Santa Lucía de Ocón, en La Rioja, es hoy el pueblo que más ha crecido en el Valle de Ocón en los últimos 30 años. Actualmente, tiene 89 habitantes censados y unos 60 residentes permanentes, un crecimiento que sorprende si se recuerda que en los años 60 la emigración dejó al pueblo casi vacío, con apenas 10 personas. El cambio empezó a finales de los años 70. Manuel Fernández, alcalde entonces, trabajó para llevar calles, agua y electricidad al pueblo. Ese impulso básico fue suficiente para que comenzara a llegar gente sin raíces locales, atraída por un entorno tranquilo, paisajes verdes y la promesa de una vida más saludable. Entre los vecinos más destacados están los artistas José Félix Reyes y Rosa Castellot, que llevan más de 40 años en el pueblo. Su presencia atrajo a otros perfiles vinculados a la cultura y la búsqueda de una vida distinta. Hoy, Santa Lucía cuenta con 11 niños en edad escolar, un dato que refleja cómo el pueblo ha logrado rejuvenecerse tras décadas de despoblación. Si la vida rural ya resultaba atractiva, la pandemia aceleró esa tendencia. Maite, funcionaria de 61 años, decidió cambiar la ciudad por el campo. Sus hijas ya eran adultas e independientes, y ella buscaba un entorno más tranquilo y saludable. “A mí me afectó la pandemia, yo enfermé. Reflexioné sobre mi vida y pensé que quería vivir más en el campo, con un entorno más saludable y ecológico. Busqué casas por La Rioja y encontré esta en Santa Lucía. Me gustó muchísimo el pueblo y llevo cuatro años aquí encantada de la vida”. Su historia es un ejemplo de cómo la pandemia provocó que muchas personas revaluaran sus prioridades y apostaran por la vida rural, incluso sin vínculos familiares o personales en la zona. Desde su llegada, se han vendido tres casas más y han llegado nuevas familias, algunas con niños. Esto ha cambiado los sonidos del pueblo, que antes estaba casi silencioso. Santa Lucía mantiene el encanto de lo rural, calles tranquilas, casas antiguas rehabilitadas y vecinos que se conocen por su nombre. Pero también ha incorporado la modernidad necesaria para vivir hoy, fibra óptica, teletrabajo y conexiones rápidas con Logroño y otros pueblos cercanos. El día a día combina la actividad laboral presencial con el teletrabajo. La vida social y cultural no se ha resentido, gracias a la participación en asociaciones, cursos y talleres en Santa Lucía y en pueblos vecinos. Esta mezcla de tranquilidad y actividad mantiene un equilibrio que muchos buscan al salir de la ciudad. La llegada de personas como Maite ha generado un efecto multiplicador, la venta de casas, la llegada de familias y la creación de redes sociales y culturales ha reactivado el pueblo. Los vecinos coinciden en que la pandemia abrió los ojos a quienes buscaban cambiar su estilo de vida, y Santa Lucía se convirtió en un ejemplo de éxito. El entorno natural es uno de los grandes atractivos. El Valle de Ocón ofrece senderos, montañas y ríos, ideales para pasear, practicar deporte o simplemente disfrutar de la tranquilidad. Para muchos, la calidad del aire, el silencio y la posibilidad de vivir rodeados de naturaleza son elementos decisivos. No todo ha sido fácil. Santa Lucía ha vivido un cambio administrativo importante, tras 31 años como entidad local menor, se reintegra en el Ayuntamiento de la Villa de Ocón por falta de viabilidad económica para gestionar sus propias competencias. Este paso, lejos de ser un retroceso, refuerza la idea de unidad. Santa Lucía afronta su futuro con colaboración, compartiendo recursos y decisiones con la Villa de Ocón, lo que permite garantizar servicios básicos y mantener la calidad de vida que ha atraído a nuevos vecinos. Los testimonios de vecinos como Maite muestran que cambiar de ciudad al campo es posible y satisfactorio, incluso para personas que nunca tuvieron vínculos en la zona. Otros residentes coinciden, la vida es más tranquila, menos estrés y más contacto con la naturaleza. Hay oportunidades para trabajar desde casa o combinar trabajo presencial y remoto. La comunidad es cercana y participativa; todos colaboran en actividades y eventos. Las escuelas y la llegada de niños revitalizan el pueblo, creando un ambiente familiar. Estos factores hacen de Santa Lucía un modelo de repoblación rural positiva. Santa Lucía no solo ha crecido en número de habitantes, sino también en actividad cultural y social. Los vecinos participan en cursos de arte, talleres de cocina, rutas de senderismo y actividades comunitarias. El pueblo ha sabido integrar a los nuevos vecinos y fomentar una comunidad abierta y diversa, donde conviven artistas, funcionarios, familias jóvenes y jubilados. Para quienes dudan sobre dar el salto, la experiencia de Maite es clara, “aquí combino trabajo, vida social y tranquilidad. No echo de menos la ciudad. Participar en actividades, conocer vecinos y disfrutar del campo me da una sensación de libertad que antes no tenía”. El día a día incluye tareas domésticas, paseos, reuniones vecinales y actividades culturales, pero también tiempo libre para disfrutar de la naturaleza, practicar deporte o simplemente descansar. Esto ha sido un factor clave para atraer a nuevos vecinos, muchos de ellos buscando calidad de vida tras años de estrés urbano. Santa Lucía se presenta como un ejemplo de resiliencia rural. Un pueblo que creció contra todo pronóstico, que recibió nuevas familias y que hoy combina tradición, cultura, vida comunitaria y modernidad. La pandemia fue un catalizador, pero la infraestructura, los servicios y el entorno natural consolidaron la decisión de quedarse. Los vecinos coinciden en que la unión con la Villa de Ocón permitirá garantizar servicios y sostener el crecimiento, asegurando que la vida rural siga siendo atractiva y viable. Santa Lucía de Ocón demuestra que el renacer rural es posible. Con vecinos que apuestan por la calidad de vida, la naturaleza y la comunidad, el pueblo ha logrado superar décadas de despoblación. Las historias de personas como Maite muestran que el campo puede ser una alternativa real y satisfactoria incluso para quienes no tienen raíces en la zona. Hoy, Santa Lucía es más que un pueblo; es una comunidad viva, un ejemplo de cómo la unión, la visión y el cambio de prioridades pueden transformar un lugar que estuvo al borde del abandono en un modelo de vida rural atractivo y sostenible.