Cuando uno piensa en la campaña napoleónica en Rusia, a principios del siglo XIX, las páginas de la novela 'Guerra y paz' (1865-1869), de Lev Tolstoi, le vienen inevitablemente a la memoria. Es una obra literaria extraordinaria. No constituye, sin embargo, la historia de aquellos acontecimientos. Tolstoi fue el gran creador de mitos sobre la guerra de 1812, asegura Dominic Lieven en 'Rusia contra Napoleón'. La novela infravalora tanto al zar Alejandro como a los mandos militares —a excepción del héroe Kutúzov—, oscurecidos por un supuesto patriotismo ruso elemental. Tampoco aborda los años 1813 y 1814, decisivos tanto para Rusia como para Napoleón, aunque en un escenario europeo. Si a los mitos tolstoianos añadimos los generados por las historias nacionales francesas, austriacas, alemanas e inglesas, así como por la lectura estalinista de los hechos, nuestra comprensión de lo sucedido no mejora. Las alusiones al 'General Invierno' como causa esencial del fracaso galo, despistan. Una mirada occidental, sin tener en cuenta los archivos, la bibliografía y la perspectiva rusa, acaba de complicar la situación y, como sostiene el mentado Lieven, el resultado «dista mucho de la verdad». Este autor propone superar todas estas «historias falsas» y contarnos cómo fueron realmente las cosas, insistiendo en el gran esfuerzo bélico ruso y las razones que permiten explicar la derrota napoleónica. 'Rusia contra Napoleón' sigue un orden cronológico, desde las negociaciones ruso-francesas que dieron lugar a los tratados de Tilsit, en 1807, dejando atrás batallas como Austeriltz (1805), Eylau o Friedland (1807), hasta la entrada de los aliados en París, con el zar Alejandro en lugar eminente, en marzo de 1814. Las tropas de Napoleón invadieron Rusia en junio de 1812. Este imperio se preparaba desde hacía un par de años para una guerra previsible. La estrategia defensiva de desgaste, con una ordenada retirada hacia Moscú, constituyó un éxito. El avance posterior de las tropas rusas desde ese punto fue imparable, con escenas dantescas como las del paso del río Berézina, y no concluyó hasta la capital francesa. En 1813 y 1814 las acciones militares se alternaron con la diplomacia. La entente de Rusia y Prusia con Austria y Suecia ofreció dificultades. En dos años el ejército ruso marchó de Vilna a Moscú y desde Moscú, volviendo atrás, cruzó Europa hasta París. Entre 1812 y 1814 se reclutaron más de 650.000 hombres en Rusia. El autor nos ofrece un relato pormenorizado y a veces vibrante, deteniéndose particularmente en grandes batallas como Borodinó (1812) o Leipzig (1813), con cuatrocientos mil combatientes en la lid y unas cien mil bajas francesas. Insiste Lieven, en este excelente libro, en un par de cuestiones. Primeramente, el decisivo papel en la planificación y ejecución de la guerra de Alejandro I y sus renovados mandos militares, incluyendo los pertenecientes a las elites no rusas del imperio. El zar y el ministro de la Guerra, Barclay de Tolly, plantearon un conflicto largo, con una etapa inicial agotadora en suelo ruso y un posterior avance a través del continente europeo, que iba a permitir la formación de una coalición antinapoleónica. Impusieron a Napoleón el tipo de guerra que este no deseaba. No era simple, mas funcionó. En segundo lugar, las campañas no se circunscriben a combatientes, estrategia, espionaje y campos de batalla. Se otorga notoria importancia al avituallamiento y equipamiento de los ejércitos. Las guerras se ganan también con el estómago lleno, abrigados, calzados y bien armados. El empeño ruso en estas cuestiones resultó muy apreciable. Afirma el autor que el «mayor héroe» del esfuerzo bélico de Rusia fue el caballo, desde los pequeños y rápidos de los cosacos del Don hasta los más grandes de dragones y coraceros, sin olvidar los de tiro. La Grande Armée, en cambio, perdió 175.000 en la campaña de 1812, que no pudo, en buena medida, reemplazar. La derrota de Napoleón en 1814 impidió la construcción de un imperio francés continental, único posible tras estar perdiendo frente a los británicos la lucha por un imperio mundial. Para Rusia, una hegemonía francesa era un peligro para su propia seguridad y la de Europa, mutuamente dependientes. Alejandro I, junto con los aliados, acabó superando a Napoleón. No resulta la menor de las paradojas de esta historia que Rusia, un viejo imperio autocrático con un ejército de Antiguo régimen, se impusiera a flamantes naciones y ejércitos nacionales cualificados siempre como modernos. Las explicaciones simples, lineales y de inevitable progreso no siempre dan buena cuenta de lo realmente ocurrido. Este libro resulta, en su complejidad, tan fascinante como convincente.