No hablar de política

Bardem apareció en los Oscar con un letrero de 'No a la guerra' en la solapa del traje que podía verse desde Teherán, pero también desde Madrid. La tipografía era mitad Comic Sans mitad sangre, y recordaba al letrero de 'Pesadillas', aquella serie canadiense que tenía tono y tema de película de hora de la siesta. «Es el mismo que usé en 2003», dijo en la alfombra roja, cerrando el círculo de la economía circular con una doble victoria moral: la única guerra válida es contra el cambio climático. Y contra el fascismo, claro. Yo me imagino esa chapita cogiendo polvo en algún cajón durante veintitrés años, entre la palestina y el pantalón de campana, y a Bardem guardándola con la fe de un visionario, repitiendo para sus adentros el mismo mantra antes de dormir: en la moda todo vuelve, y en la historia también, algún día saldrás de nuevo a la luz, y entonces brillarás más que nunca. «Voy a presentar un Oscar, pero sobre todo estoy para esto –le confesó a la reportera de Movistar, serio en el mensaje y sonriente en la chapita–. Creo que se puede pertenecer a este circo, que es un circo, y al mismo tiempo ser ciudadano y decir lo que uno piensa y denunciar lo que uno piensa que es importante». El asunto era pensar, pero pensar bien. Ya sobre el escenario, Bardem fue el único que lo dijo: «No a la guerra y Palestina libre». Pedro Sánchez lo compartió en su Instagram como un padre orgulloso, y su hermano, el de Bardem, también: «El coraje de mi hermano. El valor de los gestos donde más pueden costarte». En el otro extremo estaba Paul Thomas Anderson. Después de coronarse como mejor director, una periodista le preguntó qué sociedad o qué futuro reflejaba 'Una batalla tras otra'. Era una de esas preguntas perezosas que reflejan el complejo de inferioridad del periodismo cultural, ese que empuja a los redactores a tratar temas verdaderamente importantes y no esas tonterías del cine o el arte o la literatura. Es como si en el fondo muchos añoraran la superioridad moral de un corresponsal de guerra, pero sin renunciar al canapé. El cineasta escuchó la pregunta, suspiró y soltó: «Se supone que estábamos de fiesta». El que mejor se lo pasó en los Oscar fue Laporta, victorioso en las elecciones del Barça. Nuestro ministro de Cultura, Ernest Urtasun, siempre preocupadísimo por el auge de la ultraderecha, ya sea en Castilla y León o en Wisconsin, lo abrazó antes de depositar su voto. Seguro que ellos no hablaron de política.