El valor y las ganas de Julio Norte le abren la puerta grande en Valencia

Paco Aguado El valor y las ganas de triunfo mostradas en todo momento por el salmantino Julio Norte le han valido este lunes sendas orejas y la salida a hombros de la plaza de toros de Valencia, en la segunda novillada anunciada en el abono fallero. Aunque a sus dos faenas les faltara un mejor refrendo con la espada (la primera estocada cayó baja y la segunda estuvo precedida de un feo pinchazo), el hoy escaso público valenciano, con el beneplácito de una amable presidencia, quiso aun así que no se quedara sin premio la actitud de este debutante, que contrastó mucho con la opacidad de sus compañeros. Y es que ya al primero de su lote, como también sucedería con el sexto, lo saludó Norte con hasta tres largas cambiadas de rodillas como carta de presentación y como declaración de intenciones de la que iba a ser una total disposición al triunfo, también visible en el tercio de quites. Porque también de rodillas abrió la faena a ese tercero de la tarde, con unos apretados e impávidos pases cambiados por la espalda que tuvieron continuidad con dos templadas y ligadas series de derechazos de largo trazo, tras las que el utrero de Fuente Ymbro comenzó a perder gas, obligando a Norte a continuar su valeroso alarde en la corta distancia. Esa fue también la estructura de su faena al sobrero sexto, sólo que, al abrir nuevamente su muleteo en los medios con un farol de rodillas, esta vez el utrero le arrolló con mucha fuerza, en un aparatoso percance pero del que salió ileso. No se amilanó un mínimo Julio Norte, que volvió a echarse de rodillas para cuajar otra excelente tanda de muletazos, aprovechando las primeras inercias de un astado que, al perderlas, comenzó a protestar y a soltar unos ásperos cabezazos. Pero el novillero dinástico lo aguanto todo con la misma firmeza, sin despegar los pies de la arena, sometiendo así al utrero hasta poner fin, también entre los pitones, a un trasteo que volvió a evidenciar el férreo valor que presenta como arma de futuro. Esa fue, además, la gran diferencia que marcó con sus compañeros de cartel, que, salvo en algún quite, apenas lograron momentos lucidos en cuatro turnos que tuvieron el idéntico balance estadístico de silencio tras aviso, ya fuera por su mal uso de los aceros o por la nula conexión con los tendidos de esos inconcretos trasteos. Los de Juan Alberto Torrijos fueron tan largos, cargados de decenas de pases, como anodinos, por mucho que en primer lugar le correspondiera el mejor novillo del sexteto gaditano, con unas profundas y enclasadas embestidas por el pitón izquierdo que el valenciano no apuró en toda su medida por su imprecisa técnica y el corto trazo de los muletazos. Julio Méndez, por su parte, se empecinó en atacar muy en corto a un segundo al que casi acabó secando por falta de mayor sutileza y ya no acertó a desengañar de su tendencia a refugiarse en tablas al rajado quinto, con el que intentó otro desesperado y vano arrimón.