El 15 de marzo de 1944 una patrulla finlandesa intentaba contener a las tropas soviéticas en Kandalakcha, en la península de Kola. Al soldado Aimo Koivunen lo mandaron a inspeccionar los alrededores por si llegaban las hordas rojas, que no era un plan para echar cohetes. Pero como era joven y cumplidor se puso los esquís, cogió su fusil y se adentró en la gélida tundra. Al poco, se vio rodeado por los rusos, que avanzaban por todos lados. Regresó a toda velocidad a su campamento, pero quedó aislado. En medio del caos, se topó con su teniente, que le entregó algunas cosas, entre ellas una caja de Pervitin, que era un potente estimulante militar de la época compuesto por meta-anfetamina. Era la dosis para toda su sección, pero el bueno de Aimo, rodeado y sin escapatoria, debió pensar: «De perdidos al río» y se zampó el bote de golpe, como si fueran Lacasitos. De repente, salió propulsado cual cohete balístico iraní sobre sus esquís y, contra todo pronóstico, atravesó las líneas enemigas. Y también las aliadas, porque iba tan rápido que era imposible pararlo. Corrió durante una semana entera, sin parar y sin comida. Y colocado como un hippie de los años 70. Entonces divisó una base, y entró. Pero eran soviéticos, así que volvió a huir esquiando y no pudieron darle alcance. Al final, pisó una mina y voló por los aires. Se ocultó en una zanja, malherido, y sobrevivió otra semana, hasta que los suyos lo rescataron. Pesaba 43 kilos y el corazón le iba a 200. Fue el primer caso documentado de sobredosis en combate. Aimo vivió feliz hasta 1989. Todavía un poco acelerado, imaginamos.