El uno de marzo, una fecha insoslayable

Desde hace casi cincuenta años el uno de marzo aparece festivo en la Comunidad balear. Es un día lleno de celebraciones oficiales y jolgorio popular. Yo, al llegar este último, no lo recordaba, y nada más salir de casa me encontré con las tiendas cerradas y un jolgorio inhabitual. Me pregunté por qué y fácilmente caí en la cuenta. Era como un domingo sin la exigencia de acudir a Misa, una exigencia en declive, sobre todo desde la imposición de la «muerte de Dios», que marca los nuevos tiempos y cuyas consecuencias están más que a la vista.No estoy en contra de esta fiesta del uno de marzo. A nadie molesta un día festivo. Solo a los intereses patronales, públicos o privados. De ahí que a cuantos más días festivos mejor. Además no está contra nadie o contra nada. Quienes odian las autonomías y perciben que tal día como este recuerda su instauración en nuestra comunidad, no creo que se rasguen las vestiduras o lo dediquen a predicar las desgracias de la efeméride como fecha relevante. Yo recuerdo que su instauración la celebré desde aquel día en que, como funcionario de Educación, descubrí que Madrid nos enviaba unos armarios para escuela de imposible instalación en las aulas. ¿Cómo es posible que no seamos capaces ni de disponer del material adecuado para un aula? Menuda bajeza. Bien está que nos impongan los libros y los horarios, pero si además nos imponen las sillas en que sentarnos…. Comprendo, sería por aquellos tiempos, al alcalde Gabriel Alzamora, que ante el porte de un alto funcionario de la Administración central, que le espetó «El Estado soy yo», le contestó de inmediato: «No me lo diga dos veces, porque le dispararé dos tiros y se acabaron los problemas».Las autonomías han constituido un avance evidente en la administración del país. Su celebración merece la pena. Jamás soñé en que una Margalida Prohens, salida del pueblo y para el pueblo, algún día representaría a nuestra comunidad y diseñaría su cabalgada histórica. Hasta que las autonomías llegaron, nos dirigían solo señores y además con gesto adusto de mando en plaza. Recuerdo a un capitán general que se llamaba Modesto; un gobernador llamado Plácido, y un alcalde que era Máximo. La gente se reía. Eran los años de «la máxima y benigna placidez». Todo se acabaría pocos años después, con las primeras huelgas y algaradas estudiantiles.Sucede, además, que el uno de marzo para los historiadores constituye una multisecular fecha histórica, solo comparable a la del doce de septiembre. Esté satisfecho Llorenç Galmés, que la ha recobrado para todos los mallorquines, al rememorar la jura de las libertades del reino por Jaime II de Mallorca. Pues bien, el uno de marzo es también la fecha, de 1230, en que Jaime I el Conquistador, nos otorgó la Carta de Población del reino. Nunca la celebramos.Como viejo profesor de Historia del Derecho, siempre recordaré las muchas veces que he glosado este monumental texto histórico que fue nuestra Carta de Población o de Franquezas. Con sus normas superamos el régimen feudal del que venían nuestros repobladores cristianos y entramos en una era de libertades, al margen de la exorquia, la cogutia y el derecho de pernada, que mi querido pero no admirado Nadal Batle llamaba Dret de cuixota.