No soy cruel, soy sincero», dice el espejo de Sylvia Plath. En su famoso poema, la escritora británica nos muestra a una mujer aterrada por lo que el espejo revela cada vez que se asoma a él. Hay un pez terrible en las profundidades de ese espejo que día a día va emergiendo. Ese pez, se imaginarán, es la vejez de la que allí se mira. En Blancanieves, la lealtad que el Espejo Mágico procesa a la reina no le impide darle el golpe de gracia. Es lo que tiene la sinceridad. A Jorge Luis Borges también le aterrorizaban los espejos. En uno de sus cuentos dejó escrito que «los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres». Los espejos contienen a ese otro yo, que siempre acecha. En su superficie he visto a mi padre, al que no me parezco, o eso creía. Frente a un espejo me he reído y su franqueza me ha devuelto un rostro desolado. «Los rasgos de esa cara me resultan absurdos / porque sé que son míos y son al mismo tiempo / los de un desconocido», dicen unos versos del poema ‘Espejo’ de Francisco Díaz de Castro. ¿Y se han parado a pensar qué reflejaría un espejo gigante si lo enfrentásemos al mundo? Una serie goyesca de pinturas negras; algo grotesco, lóbrego, sin duda pesimista. Buenos días.