La aversión congénita de la izquierda a Vox, presente permanentemente en el discurso del presidente Sánchez y sus adláteres políticos o mediáticos, ha chocado frontalmente con el aprecio que el partido ha venido despertando de manera creciente en amplias capas de la sociedad española. Parece que la intencionalidad peyorativa del eslogan «la derecha y la ultraderecha» repetido a ultranza, ya no engancha; más bien, produce hartazgo, incita a la hilaridad, y retroalimenta el apoyo popular a Vox. Solo los fervientes y fanatizados militantes de la izquierda y ultraizquierda piensan que repitiendo la consigna pueden detener la temida riada que amenaza con llevarse, no al socialismo, sino a los privilegios que su adscripción ideológica les ha venido regalando. A veces durante toda una vida, como les ocurrió a los innumerables arribistas desplazados desde las filas del movimiento durante la transición. Por no hablar de los independentistas que ya sienten un molesto aliento en el cogote, temerosos de que se acabe su rufianesca mitología parasitaria. No es, pues, extraño que unos y otros estén agitados, se reinventen en un ciclo fútil, e incluso levanten cordones sanitarios; no para evitar ser contagiados sino para eludir la vacuna que propone Vox.