Los enfermos del odio

En la mitología griega, Procusto tenía una posada muy peculiar. Ofrecía alojamiento a los viajeros, pero con una condición: debían acostarse en una cama de hierro diseñada para una única medida. Si el huésped era más alto, Procusto le cortaba los pies; si era más bajo, lo estiraba hasta hacerlo encajar. La obsesión era que todos se ajustaran exactamente al mismo molde. A veces da la impresión de que algo parecido ocurre hoy en las redes sociales. Estos espacios, que en principio nacieron para ampliar la conversación pública, se han convertido con frecuencia en escenarios donde el insulto y la descalificación aparecen con demasiada facilidad. En parte, esto sucede porque el odio funciona como una especie de enfermedad social. Quien odia no siempre sabe con claridad por qué lo hace. La persona se deja llevar por la corriente de su propio grupo, por una narrativa compartida o por la sensación de que el otro representa una amenaza para sus ideas o su identidad.