Vivimos de espaldas a los demás. No de manera brusca, no con el rechazo abierto de quien cierra la puerta en la cara, sino con la sutileza silenciosa de quien baja la mirada hacia una pantalla. Así, poco a poco, la sociedad occidental ha ido perfeccionando el arte de estar juntos y solos al mismo tiempo. El individualismo ya no es una postura ideológica: es la arquitectura invisible de nuestra vida cotidiana. La tecnología ha sido su gran cómplice. No su causa, conviene matizarlo, pero sí el instrumento que lo ha llevado a su expresión más absoluta. Nunca antes había sido tan fácil no necesitar a nadie. Las aplicaciones nos entregan la comida, las plataformas nos entregan el entretenimiento, los algoritmos nos entregan la opinión convenientemente empaquetada. La existencia se puede organizar, casi por completo, sin rozar a un ser humano. Y lo que al principio pareció libertad empieza a parecerse, cada vez más, a una jaula muy cómoda.