Diez minutos de locura en el Carlos Belmonte explican por qué nos gusta tanto el fútbol

Si alguien ajeno a estas pasiones les pregunta por qué nos gusta tanto esto del fútbol, no les intenten dar una explicación técnica: enséñenles los últimos diez minutos de lo que pasó anoche en el Carlos Belmonte. Porque el fútbol, ese "bendito drama", volvió a demostrar que no entiende de guiones lógicos ni de justicias poéticas. Durante la primera parte, el Albacete parecía un equipo anestesiado, superado por una UD Las Palmas que movía el balón con la elegancia de quien se sabe superior. Los canarios jugaban a otra cosa y el Alba, simplemente, sobrevivía como podía. Pero amigos, el fútbol es el único sitio donde un "electrocardiograma plano" puede convertirse en una "fiesta patronal" en cuestión de segundos. La segunda parte fue un canto a la fe. El VAR, ese invitado pesado que siempre llega tarde a las cenas, decidió que había penalti en el 95. Tensión, resoplidos en la grada y gol. Empate. Pero lo mejor estaba por llegar. Cuando el reloj marcaba el minuto 100—sí, habéis oído bien, ¡el 100!—, apareció Samu Obeng para inventarse un golazo que hizo temblar los cimientos del Carlos Belmonte y casi de la ciudad entera. De estar contra las cuerdas a tocar el cielo. De la impotencia al delirio. Eso es el fútbol: un deporte capaz de hacer que odies la lógica y ames el caos. Anoche, el Carlos Belmonte no fue un estadio, fue una caldera de emociones donde se recordó que, mientras haya un segundo en el cronómetro, el Alba siempre tiene una bala guardada. Por noches como la de este lunes y otras como las de Copa de este año (Celta, Real Madrid y Barcelona) merece la pena pagar un abono, aunque haya muchos días en los que te gustaría meterle la tijera a esa tarjeta de acceso. ¡Qué grande es este juego y qué poco apto para enfermos del corazón!