Han pasado 25 años desde que Baz Luhrmann estrenó en 2001 este artefacto sentimental, barroco y absolutamente desacomplejado, una película que abrió el Festival de Cannes aquel año, compitió por el Oscar a mejor película y terminó llevándose dos estatuillas, a mejor dirección artística y mejor vestuario. Nicole Kidman, además, fue nominada como mejor actriz por su inolvidable Satine. Vista hoy, Moulin Rouge! sigue produciendo la misma impresión que entonces: la de una obra que no pide permiso. Entra en escena a toda velocidad, sin pedir perdón por su artificio, por su histeria visual, por su romanticismo febril. Luhrmann no quería hacer un musical clásico ni una reconstrucción respetuosa de la Belle Époque; quería fabricar un torbellino. Y lo logró. París, en su versión, no es una ciudad: es una borrachera. El cabaré no es solo un escenario: es una religión del deseo. Y el amor, claro, no es una promesa serena, sino una forma bellísima de perderse. Quizá por eso la película ha resistido tan bien el paso del tiempo. Porque nunca aspiró al naturalismo. Su apuesta era otra: convertir el exceso en lenguaje. Todo en Moulin Rouge! está subrayado, recargado, llevado al borde del colapso. Los decorados brillan como si hubieran sido soñados por alguien con fiebre, el montaje corre como si temiera detenerse y las interpretaciones se entregan sin red. Pero debajo de esa capa de purpurina, hay algo sorprendentemente sencillo: una historia tristísima sobre dos personas que se aman demasiado tarde y en el lugar equivocado. Ewan McGregor y Nicole Kidman recuerdan 'Moulin Rouge' en la gala de los Oscars 2026.#Oscars#Oscars2026 pic.twitter.com/V0BDRUNmbj — Absoluto Cine (@AbsolutoCine) March 16, 2026 Ese corazón melodramático es el que evita que la película se convierta en un mero ejercicio de estilo. Satine no es solo "el diamante resplandeciente"; es una mujer atrapada entre el espectáculo y la supervivencia, entre la fantasía que vende y la fragilidad que esconde. Christian, por su parte, podría haber sido un poeta insoportable, pero Ewan McGregor le presta una mezcla extraña de ingenuidad y temblor que hace que funcione. Lo que ambos personajes comparten no es solo química, sino una clase de fe. En Moulin Rouge! amar todavía significa creer que una canción puede salvarte la vida, aunque sea durante tres minutos. Y ahí entra la banda sonora, que sigue siendo una de las grandes proezas de la película. Luhrmann entendió algo esencial: que el musical contemporáneo no podía limitarse a imitar el pasado. Había que contaminarlo con la memoria pop del espectador. Por eso Moulin Rouge! mezcla a Elton John con Nirvana, a Madonna con Queen, a The Police con el cancionero romántico más clásico. No utiliza esas canciones como simple guiño cómplice; las convierte en atajos emocionales. Cuando escuchamos Your Song, Heroes, Like a Virgin o El Tango de Roxanne, no solo reconocemos una melodía: reconocemos una intensidad ya vivida, una biografía sentimental que la película reactiva y reorganiza. Ese fue uno de sus mayores hallazgos. La banda sonora no funciona como decoración...