Paula Nuévalos es ingeniera mecánica de formación y agricultora por vocación. Tras varios años trabajando en su sector con un buen puesto y salario, decidió dar un giro de 180 grados a su vida para volver a Utiel (Valencia), su pueblo natal, y tomar las riendas de la explotación vitivinícola familiar tras el fallecimiento de su padre. Así lo ha contado en una entrevista en el podcast sobre el sector primario Agrolife Podcast, donde desgrana los retos del campo y su nuevo proyecto personal. El detonante, según relata, fue una conversación sobre el estado de las viñas. "Me dijo: 'No, no, si no estamos regando'. Y ahí me hizo clic la cabeza", explica Nuévalos. La explotación llevaba tres años de sequía y la falta de una gestión directa estaba poniendo en peligro el patrimonio que sus padres habían construido durante toda una vida. El salto no fue fácil. "Fue un hostión tremendo", admite. Pasar de ayudar a su padre a ser la única responsable de la toma de decisiones fue un "golpe de realidad". De repente, tuvo que enfrentarse a tareas que nunca había hecho, como labrar, sulfatar o reconocer enfermedades de la vid, aprendiendo sobre la marcha en un entorno donde "cada uno te dice una cosa". Desde el principio, tuvo claro que quería cambiar el modelo agrícola tradicional. "Veo que en todos los lados se utilizan cubiertas vegetales y que en Utiel no", comenta, a pesar de las críticas iniciales de otros agricultores. Su visión es clara: la sostenibilidad y la tecnología no son una opción, sino una imposición futura para ser rentables. "Si no actuamos ya, la agricultura española puede estar abocada al fracaso", sentencia. Uno de los mayores desafíos es la rentabilidad. Nuévalos denuncia que el precio de la uva ha llegado a estar a 0,20 euros el kilo, una cifra que implica trabajar a pérdidas. "Si no está a 0,40, es que no cubres costes", asegura. Esta situación, agravada por la competencia de terceros países y una burocracia asfixiante, se ha convertido en un problema estructural para muchos agricultores, como los que han denunciado ingresos de apenas siete euros la hora. Este escenario desincentiva el relevo generacional. "La media de años en la cooperativa son 66", afirma, lo que evidencia un sector envejecido. A esto se suma la dificultad para encontrar mano de obra cualificada para tareas manuales esenciales como la poda, lo que obliga a una mayor mecanización. Frente a este panorama, la solución de Paula Nuévalos pasa por el emprendimiento. Está inmersa en la creación de su propia marca de vino, un proyecto con el que busca pasar de un modelo de cantidad a uno de calidad y venta directa. "Mi sueño sería tener tanta venta de vino que necesitara uva de otra gente y poder pagar un salario digno", confiesa. Sin embargo, emprender en España es una carrera de obstáculos. "Para poder sacar mi vino tengo un coste de 2.000 o 3.000 euros sin saber si lo vas a vender", lamenta Nuévalos. Critica la enorme carga burocrática y los pagos iniciales que se exigen a los autónomos, una situación que frena muchas iniciativas, como también se ha reflejado en las quejas sobre los costes del gasóleo o el IVA para el sector. Su proyecto va más allá de la botella. Aspira a crear experiencias de enoturismo para que la gente "viva el campo" y entienda el trabajo que hay detrás de cada producto. "Quiero vender la experiencia de venir a un viñedo, ver cómo se cultiva, que sepan lo que es podar", explica, convencida de que esa conexión es clave para que el consumidor valore el producto. Su historia es también una reivindicación de la vida rural. "Volver al pueblo ha sido la mejor decisión de mi vida", asegura. Para ella, la calidad de vida, la paz y el sentimiento de comunidad que ha reencontrado son impagables, un mensaje que busca transmitir a través de sus redes para inspirar a otros jóvenes a no abandonar sus raíces.