Paco Aguado El joven torero salmantino Marco Pérez, que debutaba como matador en una plaza española de primera categoría, ha salido a hombros este martes en Valencia tras cortar sendas orejas que premiaron la habilidad y la conexión popular de sus ligeros trasteos a toros de distinta condición. El primer trofeo se lo dieron del tercero, el más bravo, entregado y completo de la seria corrida de Santiago Domecq, que rompió a galopar con clase en el tercio de banderillas y ya no dejaría de hacerlo en toda la faena. Pérez, de físico aún aniñado pero con recursos ya de torero veterano, le abrió el trasteo de rodillas en los medios, donde continuó dándole sitio por delante para aprovechar sin apuro alguno la fuerte inercia de unas arrancadas a las que nunca redujo la velocidad. Pasándolas a tirones, sin el necesario mando, y casi siempre por las afueras, Pérez sumó docenas de ligeros muletazos que se jalearon alegremente en unos tendidos que rompieron del todo a su favor cuando, muy avanzada la faena y con el toro aplomándose por el largo esfuerzo, el joven espada se dio a un final de adornos populistas. La otra oreja se la cortó al sexto, uno de los más serios ejemplares del encierro gaditano y al que dejó casi crudo en varas para repetir la misma fórmula, sólo que este, sin tanta inercia, no le puso las cosas igual de fáciles. Con poca sinceridad y asiento, y no sin ciertos apuros, Marco Pérez intentó esta vez buscarle las vueltas al animal para poder volver a tirar de los guiños a la galería, lo que consiguió ya muy a última hora pero con suficiente conexión popular para llevarse el trofeo que le abría la puerta grande tras una estocada de rápido efecto. Paradójicamente, en un ambiente tan generoso, no hubo recompensa para Víctor Hernández, que fue, en realidad, quien desplegó el toreo de más valor y mérito de la corrida frente a dos astados, además, de notables complicaciones. Las de su primero vinieron dadas por una embestida seca y sin entrega, a media altura, que el madrileño atemperó y alargó con un permanente temple y una irrenunciable firmeza de plantas, hasta el punto de llegar a tapar la verdadera condición de un animal que volvió a sacar su genio en los adornos finales por alto. Quizá por eso, porque no trascendió todo el peligro del de Santiago Domecq, y por el hecho de que la estocada quedara tendida, el presidente le negó a Hernández el trofeo que luego iba a buscar con ahínco ante el quinto, si cabe aún más complejo. Con este otro, un arisco toro salinero, el también joven matador, y aspirante claro al relevo del escalafón, hizo un despliegue de seco y sordo valor, con el que dominó siempre la situación y hasta insistió sin fatiga ni desánimo para ligarle al de Santiago Domecq la tanda de naturales que minutos antes parecía imposible. Tampoco dio muchas opciones el lote de Miguel Ángel Perera, el veterano del cartel, que desplegó un extendido ejercicio de buen oficio para mover con la misma suficiencia tanto a su reacio primero como al desclasado cinqueño que salió de sobrero, aunque con el único lunar de sus defectuosas estocadas.