Lo más destacado de la reciente edición de los Óscar ha sido por dos razones los que ya no están: porque, salvo mínimas excepciones, las películas seleccionadas no son nada del otro mundo y porque se ha ido un cogollito de virtuosos de los que hacen soñar a una generación tras otra. La prueba es que el domingo nuestros vástagos cuarentones andaban viendo por enésima vez La princesa prometida y descorriéndoles la cortina a menores de cinco años que siguieron las peripecias de Westley fantaseando con la muerte de los malos. Cuando aquel otro hombre, herido por los cuatro costados, le espetó al seisdedos «hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre; prepárate para morir», explotó el gallinero.