Durante mi infancia, en la casa de mis padres, estaba el teléfono. Un aparato negro, que llevaba adosado un cable que conectaba a otro que serpenteaba entre los árboles de la calle. ¡No cualquiera podía tener un aparato de estos en su residencia! Tanto es así, que había vecinos que – conociendo que contábamos con ello – venían a pedir usarlo.