Después de los sucesivos choques petrolíferos de los años 70, la energía nuclear vivió una era de desarrollo imparable. El mundo había aprendido una gran lección: su movilidad y su economía no podían depender de los acontecimientos de la región más inestable del planeta, en el que un Estado inventado por las potencias anglosajonas se había incrustado en un territorio hostil como un cuerpo extraño que el resto de las naciones vecinas rechazaba con todas sus fuerzas. Solo transcurrieron algunas décadas para que la izquierda política (o los verdes como una de sus múltiples encarnaciones) volvieran a echar mierda y desacreditar de nuevo la nuclear, ayudados, eso sí, por la enorme incompetencia de los ingenieros soviéticos que permitieron el accidente de Chernóbil o las necesidades políticas de los conservadores alemanes que soñaban con perpetuarse en el poder de la mano de unos verdes particularmente civilizados pero antinucleares. Solo resistieron los galos, como en los tiempos de Astérix.