Hay catástrofes que no comparecen con el estruendo de las guerras ni con la liturgia fúnebre de las banderas a media asta. Llegan en silencio, con calefacción, nevera llena y buena educación; llegan como llega el polvo a las casas donde ya nadie aguarda el llanto de un recién nacido. España se está quedando sin hijos de ese modo discreto y pulcro con que las civilizaciones empiezan a suicidarse. No hablamos sólo de una caída demográfica, de una curva que desciende o de un guarismo que alarma a los estadísticos. Hablamos de una renuncia más honda: la de un pueblo que empieza a dudar de que su vida merezca ser continuada.